lunes, 17 de octubre de 2011

Sufrir, morir y vivir en Igueriben. 3ª parte

Sufrir, morir y vivir en Igueriben. 3ª parte

Morir


Para mostrar las dificultades a las que nos enfrentamos al intentar saber a ciencia cierta cuántos de aquellos hombres murieron durante el cerco tras la evacuación, y qué fue posteriormente de sus restos, he recurrido a la correspondencia que María Orduña Odriozola sostuvo para conocer el paradero del cuerpo de su hijo, el capitán Federico de la Paz. La primera notificación oficial que recibió la familia fue un telegrama que el Ministerio de la Guerra remitió a su viuda, Lola Bergés Canseco, que en aquellos momentos residía en Valladolid junto a Marisa, la hija de ambos. El telegrama indicaba que se le comunicara a la viuda del capitán que el cadáver de Federico había sido identificado en un lugar próximo a la fosa del capitán Salafranca, en Annual, junto a los de otros oficiales.

“S.M. El Rey ordena le comunique que según datos ministerio guerra, el capitán Federico de la Paz Orduña del regimiento Mixto Artillería Melilla ha sido identificado su cadáver en lugar próximo a la fosa del capitán Salafranca en Annual, según carta del sargento Vasallo al comandante militar de Alhucemas. Comuníquenlo a María Dolores Bergés que vive en Valladolid...”

Lola y Marisa. Mujer e hija de Federico de la Paz
Nunca, hasta hoy, había podido tener entre mis manos uno de aquellos funestos telegramas que el Ministerio de la Guerra enviaba a las familias de los muertos en combate. Si la familia se hubiera resignado al recibir aquella comunicación, no hubiéramos sabido nada más sobre Federico, pero María Orduña, madre de los capitanes De la Paz, demostró durante años una gran tenacidad y no cesó de buscar, aunque, finalmente, resultara ser una búsqueda infructuosa. En segundo lugar, conoceremos más detalles sobre Federico y lo ocurrido en Igueriben gracias a la instancia que cursó su mujer, Lola Bergés, para que le concedieran la Laureada a su marido, el 5 de agosto de 1921. La familia ha sabido guardar con celo tanto las cartas que recibió María Orduña, como el resultado de la investigación para la que en un principio fue designado como juez instructor el comandante de África 68 Sánchez Ledesma.
El telegrama sin duda proviene de la información que el sargento Vasallo logró notificar al comandante militar de Alhucemas, coronel Civantos, y que fue comunicado a las familias queriendo dar el asunto por zanjado. Sin embargo, algo no debía cuadrar cuando la madre de los capitanes De la Paz inició la búsqueda de sus hijos, que le deparó informaciones completamente diferentes a la que se contemplan en el telegrama enviado a Lola Bergés.
La primera carta de las que tenemos constancia que María Orduña escribió, la dirigió al ya teniente Luis Casado Escudero, el 12 de octubre de 1921, y fue contestada por éste, doce días después. En la misiva recuerda la abnegación y entereza con la que Federico se comportó en Igueriben, su carácter bondadoso y alegre, y la valentía que derrochó durante el cerco. Algunos de estos detalles ya habían llegado a oídos de la ciudadanía gracias a los supervivientes que pudieron escapar y llegar a Melilla. Casado no vio morir a Federico, su sección fue designada para cubrir una loma próxima, y los artilleros se harían cargo de la retaguardia de la desesperada retirada. La unidad de Casado fue casi aniquilada y él, herido y sin conocimiento, fue dado por muerto. Al día siguiente, cuando en Annual se desata la tragedia, el joven oficial ya prisionero, es obligado a volver a Igueriben junto a un número indeterminado de soldados. En las alambradas, fuera de la posición, ve el cadáver de Federico junto al del también artillero Julio Bustamante; Pobrecillos, eran dignos de mejor suerte, escribe Casado. Según su testimonio, los cadáveres quedaron insepultos en el mismo lugar donde les abrazó la muerte. Posteriormente, este grupo de prisioneros sería llevado hasta Annual, desde donde los trasladarían a la guarida de El Jatabi en Axdir.
En su siguiente carta María escribe al campamento de prisioneros, dirigiéndose al soldado de San Fernando, Julián Sosa Villalba. La respuesta de Sosa se produjo el 8 de febrero de 1922, tras siete meses de cautiverio en duras condiciones, y con ella se inicia el baile de contradicciones. Julián, según escribe, junto al también prisionero Felipe Alloza, enterró en las inmediaciones de las posiciones Intermedias el cuerpo del capitán Miguel de la Paz, desaparecido el día 22 en Annual, hacia el 28 de julio, y aseguraba que fue correctamente identificado. En cuanto a Federico, Julián indagó entre sus compañeros de cautiverio y localizó a uno de los enterradores: el soldado del Parque de artillería Francisco Capel Girón. Éste contó a Julián que el cadáver de Federico, junto a los de los oficiales Bustamante, Nougués y el de Benítez, se hallaba en una fosa situada a un kilómetro de las alambradas de la posición, en un montículo y que su sepultura fue cercada por un pequeño parapeto de piedras. En otras dos fosas, se depositaron los cuerpos de más de doscientos soldados.


Carta de Julián Sosa. 08 de febrero de 1922
De ser cierta esta información, no lo habría sido la que Vasallo comunicó al comandante de Alhucemas y, por consiguiente, la que se transmitió a las familias, ya que los cuerpos estarían enterrados en Igueriben, y no en Annual,  donde se hallaba la tumba del capitán Salafranca. El soldado Sosa no pudo continuar su correspondencia con María Orduña ya que falleció víctima de la miseria y las enfermedades propias del cautiverio, el 12 de marzo, tan solo un mes después de contestar a su carta. Tras producirse la liberación de los prisioneros, María retoma el hilo de su búsqueda y escribe al que fue asistente de Federico, y que, por tanto, se hallaría junto a él cuando murió en Igueriben: Ramón Moreno Blasco, quien, desde el hospital de Melilla en el que se halla ingresado, contesta a María el 7 de febrero. Federico de la Paz, poco antes de abandonar la posición, dice a Ramón sus últimas voluntades: debe entregar a Lola, su mujer, una carta y mil pesetas que lleva encima, correspondientes a los haberes recibidos durante los meses de junio y julio. Ramón no pudo hacerse cargo de la carta ni del dinero porque fue herido y posteriormente, hecho prisionero. Tres meses después de aquel 21 de julio, añade en la carta, fue conducido hasta Igueriben un pelotón de soldados españoles al mando del sargento Alfonso Ortiz, de la 6ª batería de montaña en Kandussi. Ramón reconoce el cuerpo de su capitán, y aporta otra versión sobre el enterramiento: se le inhumó solo, vestido, y aquellos hombres, cautivos, que debían enterrar a tantos compañeros caídos, tuvieron un pensamiento para su familia y, momentos antes de darle tierra, recogieron algo suyo para podérselo entregar como recuerdo de Federico, haciéndose cargo de ello el sargento Ortiz. Ramón afirma que Federico estaba junto a un teniente del parque de artillería. Alfonso Ortiz Martínez tuvo, durante el cautiverio, un ejemplar comportamiento; se prodigó tratando a los enfermos de tifus, se negó a instruir en el manejo de los cañones a sus carceleros, y hasta escamoteó los percutores de 22 piezas de artillería para que no pudieran ser utilizadas por los hombres de Abd el Krim. Ortiz falleció en cautividad el 7 de abril de 1922 en los brazos de Vasallo, a quien entregó sus escasas pertenencias entre las que se hallaban los percutores y el recuerdo de Federico que él había guardado, según reza en la carta de Ramón Moreno.  

Urda, Toledo. Boda del sargento Vasallo en 1923
No sería hasta el 10 de febrero de 1923, tras la liberación, cuando María recibiría la carta de Francisco Vasallo. Según su primera información, conforme a la cual se había escrito el telegrama, los cadáveres habían sido enterrados en Annual, sin embargo, en la carta que él mismo remitió a María afirma que Federico fue encontrado sin sus ropas, lo que contradice lo dicho por Ramón Moreno, y fue enterrado en un panteón visible, en Igueriben, junto a Benítez, Bustamante y Nougués. Según el suboficial, el panteón sería visible cuando se reconquistara la posición, y se podrían reconocer los restos porque, sobre su pecho, se situó un bote de conservas con un papel donde indicaba su nombre. Nada le entregó Ortiz que perteneciera a Federico, Vasallo respondía así a la reclamación de María de aquello que recogieran de su hijo antes de enterrarlo.
Tengo ante mis ojos las tres cartas que recibió aquella desconsolada madre; ¿qué pensaría ella ante las contradicciones que entrañan las informaciones que aporta cada una, imposibles de contrastar, ahora y entonces? Las tres preguntas que me hice al iniciar esta investigación, se van a quedar sin una respuesta clara, igual que quedarían para María: quién enterró a Federico, dónde fue enterrado y con quién. Tal vez la cuestión más clara sea el lugar donde fue enterrado ya que, obviando la información del telegrama, las tres cartas indican que fue en Igueriben, y allí es donde, según las informaciones de prensa, se le encontró en el verano de 1926 tras la reconquista de Annual. Saber con quién fue enterrado resulta más complicado, ya que si hubiera sido junto al resto de oficiales que se citan, parece lógico pensar que así hubieran sido trasladados al cementerio de Melilla, sin embargo, sus restos reposan en un nicho individual, de igual forma que los de Bustamante a su lado, mientras el resto de defensores están en una fosa común junto a Benítez. Todavía hoy, hay quien cree que parte de los restos de los defensores se hallan en la falda norte de la montaña sin haber sido exhumados. En el registro del cementerio de Melilla consta la entrada, el 14 de septiembre de 1926, de dos cajones de restos pertenecientes a los defensores junto al comandante Julio Benítez, aunque no consta cuántos cuerpos se hallaban en aquellos dos cofres transportados desde Annual. Los restos fueron enterrados en el Panteón de Héroes en la fila 5 número 8, siendo la entrada rubricada por el capellán del cementerio Francisco Ontiveros.


Registro cementerio de Melilla
No parece haber dudas entre los testigos respecto a cómo cayó el capitán De la Paz el día 21 de julio. Cuatro de los catorce supervivientes que declaran dan detalles acerca de la muerte de Federico: el soldado Aquilino Echevarría, el sargento Hermenegildo Dávila, el cabo Miguel Sánchez Cortés y el oficial Luis Casado Escudero. Aquilino Echevarría queda, tras la orden de evacuación, junto a un grupo de artilleros y ceriñolas formando guerrillas, intentando inútilmente mantener una postrera resistencia que solo serviría para que se pudiera salvar alguno de ellos. Los hombres caen, y Echevarría, viéndolo todo perdido, se dirige a Federico diciéndole: mi capitán nos van a hacer pedazos, será mejor pegarnos un tiro, a lo que el artillero, con las que podrían ser sus últimas palabras, contesta: Eso, no, se muere matando. Poco después ambos caerían tras una descarga que ocasionaría la muerte a Federico, y dejaría herido a Echevarría, quien tras precipitarse hacia un barranco lograría, junto a otro compañero, alcanzar Annual. Antes de perder de vista aquel maldito lugar pudo ver cómo los rifeños se abalanzaban sobre el cadáver del capitán. El sargento Dávila y el artillero Sánchez Cortés declaran que vieron al capitán partir con un hacha los rayos de las ruedas de sus cañones, después de que los artilleros supervivientes hubieran inutilizado los cierres. Posteriormente, abandonan la posición y al iniciarse la retirada, queda Federico en la retaguardia y recibe, según refiere Sánchez Cortés, un disparo que rompe sus prismáticos, lo derriba y, aunque se repone inmediatamente, al poco de salir del campamento es herido de muerte. Luis Casado Escudero también declaró a favor del capitán afirmando que hasta el último momento aguantó sin abandonar su puesto, y en la lucha cuerpo a cuerpo cayó muerto. Ninguno de ellos menciona junto a quién murió Federico que, parece, debía hallarse junto a Bustamante, según el testimonio de los enterradores. Pero todos ellos coinciden en que falleció en las inmediaciones de la posición, y ninguno dice que se suicidara, tal como se afirmaba en el telegrama que Silvestre envió a Berenguer poco después de la caída de la posición.

Panteón de héroes. Fotografía de José Linares C.
Por lo tanto, allí fue donde tres meses más tarde lo encontraron los hombres que, al mando del sargento Ortiz, fueron a enterrar a sus compañeros. Y si en aquel lugar lo hallaron, es más que probable que allí lo inhumaran, y no en Annual, como anunciara el telegrama que su viuda recibió en Valladolid. No hubo en aquel lugar presencia española hasta que en la primavera de 1926 la columna del coronel Pozas recuperó el territorio perdido casi cinco años atrás. La única excepción se produjo en julio de 1924, al cumplirse tres años de los sucesos de julio, cuando la escuadrilla de caza que mandaba el capitán Ortiz Echagüe sobrevoló Igueriben y arrojó rosas rojas sobre los restos del corralito de Benítez. Ese verano, coincidiendo con la visita de Primo de Rivera, se celebraron muchos actos en recuerdo de las víctimas del Desastre; se le impuso la Laureada a Vázquez Bernabeu; Mariano Benlliure regaló una estatua al regimiento de Alcántara que se guardó en la sala de estandartes, y, a iniciativa de los tenientes coroneles Pareja y Franco, se celebró en Melilla una misa en recuerdo del general Fernández Silvestre.
Sobre la muerte de Benítez se coincide plenamente en que aguantó tras el parapeto hasta el final y abandonó el último la posición. Para concederle la Laureada declararon a su favor 1 teniente, 1 sargento, 1 cabo y 4 soldados. También lo hicieron el coronel Argüelles y los comandantes Alzugaray, Manuel Llamas, Gonzalo Écija y Alfaro Páramo. En primera instancia se designó juez instructor al comandante Luis Angosto Palma (tío carnal del laureado capitán del tercio Félix Angosto), que inició su investigación en octubre de 1921. Emilio Alzugaray afirmó que, desde Annual, observó que la retirada se efectuó de manera ordenada, y que vio caer herido a Benítez y al levantarse recibió otro disparo que le causaría la muerte. A pesar de que ningún testimonio dejaba lugar a dudas, se tardarían casi cuatro años antes de concederle la Cruz de San Fernando (31-12-1924), y más tiempo aún en concederle el ascenso a teniente coronel por méritos de guerra (11-02-1925).


Panteón de héroes. Fotografía de José Linares C.
La tercera muerte que se reconoció oficialmente, porque fue objeto de investigación, fue la del teniente Justo Sierra Serrano. Con el objeto de que su mujer, Remedios Salas, pudiera recibir la pensión de viudedad, se abrió una investigación para determinar con exactitud si había fallecido o no. Testigos de su muerte a quinientos metros de la alambrada fueron Dávila, López Prada y dos supervivientes que se hallaban en el grupo que pretendía alcanzar Annual.
También se investigó la muerte de Arturo Bulnes ya que fue propuesto para el ingreso en la Orden de San Fernando. Se ha escrito que, en el último momento, se dirigió a su tienda para vestir su uniforme de gala pero no creo que esto sea probable. A su favor declararon Casado Escudero y algunos supervivientes aunque, finalmente, no prosperó la petición. Se solicitaron tantas Laureadas, que da la impresión que se tomó la decisión de conceder, de manera salomónica, una a infantería (Benítez), otra a caballería (Cebollino) y la tercera a artillería (De la Paz). Tiempo después, cuando se inauguró el monumento a Benítez y a los héroes de Igueriben, el teniente Casado se dirigió al alcalde de Málaga para que éste solicitara al Rey, se dignase conceder una medalla conmemorativa y colectiva a todos los defensores de Igueriben, sugiriéndole que podría ser una rama de laurel y otra de palma formando círculo, en cuyo centro figurara en letras rojas la inscripción: “Los de Igueriben mueren pero no se rinden”. La iniciativa de Casado no prosperó, como tampoco lo hicieron prácticamente ninguna de sus peticiones: Medalla de Sufrimientos, Laureada de San Fernando, o ser citado como distinguido en la relación que se publicó en 1925.


Primera ubicación del monumento a los héroes de Igueriben en Málaga
Hasta Melilla se desplazó, buscando noticias de su hijo, el coronel ya en la reserva, Arturo Bulnes, y también el que hubiera sido su suegro, jefe del regimiento de Borbón de guarnición en Málaga, pero no consiguieron saber más allá de lo que ya se había dicho. La madre del capitán, enferma y postrada en una silla de ruedas, pasó a engrosar la larguísima relación de madres afligidas que nunca más supieron de sus hijos. Cuando murió Arturo Bulnes, faltaban tan solo 17 días para que se hubiera casado en Málaga con Rosa María, para lo que ya tenía autorización real, habiéndose previsto que su compañía quedara al mando de Justo Sierra, quien ya lo había comunicado a su familia en el mes de junio. Algunos testimonios le sitúan como el último oficial que quedó en pie, sable en mano. Ignoro si se pudo recuperar, como pretendieron sus compañeros de Ceriñola, el sable que al parecer quedó en manos del enemigo, y que proyectaban luciese en el Museo del Arma, donde se pueden contemplar algunas armas de oficiales muertos durante el Desastre (Alberto Escrich, García Agulla, Prieto Rodríguez, Quintero Ramos, Ricardo Vivas, y Antonio Moreno), así como el uniforme de gala de Julio Benítez.
Casado Escudero nos ha dejado testimonio de la muerte de algunos defensores de Igueriben. El sargento Armando Antón de Cisneros fue el primer caído durante el asedio el 17 de julio, día en que se realizó la primera tentativa para socorrerlos, y poco después falleció el soldado Ramón Pérez Rodríguez. Al sargento lo pudieron enterrar al día siguiente junto al soldado, siendo, ellos dos, los únicos defensores que recibieron sepultura durante el cerco. Casado también recuerda al corneta Pablo Cantalicio, a Julián Muñoz Fontiñan y poco más. El resto de los hombres murió anónimamente durante el asedio o el día de la evacuación, sin que haya sido capaz de encontrar más datos que algunas reseñas poco destacables. A los malagueños Alonso Sánchez Rodríguez y Bartolomé Moreno Barroso, nacidos en Jimera de Libar, quisieron recordarlos sus paisanos y, en 1927, a una de las calles del bello pueblo de la serranía de Ronda se le dio el nombre Héroes de Igueriben, que aún se puede ver en una lápida conmemorativa. Muchos pueblos de España perdieron algunos de sus hijos en el Desastre: cuatro de los quintos de Tobarra, Albacete, murieron aquel verano del 21; uno de ellos, Mariano Bleda Carretero, fue uno de los defensores de Igueriben. Al igual que me ocurrió al investigar sobre los cazadores de Alcántara 14, no he sido capaz de encontrar más que vagas referencias que recuerden el sacrificio de aquellos hombres. Tan solo en algunos periódicos como El Castellano, se organizó una oficina de información que pudiera calmar las ansias de las familias desconocedoras del paradero de los suyos, pero lo cierto es que, tras la evacuación, sus cuerpos se pudrieron al sol del Rif, sin que nunca más se supiera de ellos. El gobierno, unos días después de ocurrir el Desastre, aprobó una circular donde se reconocía la importancia que tiene, en caso de guerra, la identificación de las bajas producidas en los combates, y puso en marcha la creación de la medalla de identidad del ejército español, que se fabricaría en la Fábrica Nacional de Armas Blancas de Toledo, remitiéndose en lotes sucesivos a las comandancias de Melilla, Ceuta y Larache. Demasiado tarde para nuestros soldados destinados en la Comandancia de Melilla en 1921. Prácticamente ninguno pudo ser reconocido.


“Porque hoy todos son ya lo mismo
ganadores, perdedores, bellos, feos
héroes, cobardes, jóvenes o viejos
tontos, listos, son solo una cosa:
idéntica expresión de lodo y tierra
de polvo y ceniza, y sombra, y nada.”

Jaime Alexandre


Restos de soldados españoles en Arruit
Días antes, y durante el segundo periodo de mando en Annual del coronel Argüelles (del 2 al 19 de julio), el general Fernández Silvestre le ordenó tener preparada en todo momento, una columna que pudiera tanto socorrer a las posiciones que se vieran en peligro, como rechazar los ataques del enemigo sobre Annual. El primer jefe de esta columna provisional fue el teniente coronel Marina, de Ceriñola, que fue posteriormente relevado por Núñez de Prado quien, tras resultar herido, transfirió el mando al comandante de África Juan Romero. En el primer intento de hacer llegar un convoy a Igueriben participó la columna al mando del teniente coronel Pedro Marina, estando formada por seis compañías de fusiles, tres escuadrones de regulares, y una batería de montaña del Mixto. No hubo manera de romper el cerco, y tan solo pudo acceder a la posición el escuadrón de Cebollino, cuyos oficiales eran el teniente Carvajal, el  alférez Fernández Silvestre y un oficial moro. El balance de bajas fue desolador: 95 entre las filas de los regulares y los porteadores del convoy. Uno de los artilleros de Nougués, herido de gravedad, pudo ser evacuado hasta Annual, aunque la vuelta al campamento debió ser durísima ya que los hombres de Cebollino tuvieron que volver a la carga y regresar sorteando a los rifeños. En el parte del teniente médico Salarrullana se recoge que atendió a 1 teniente, 2 sargentos y 34 soldados, de los cuales fallecieron el oficial y uno de los soldados. En Igueriben, tras haber sufrido las primeras bajas, los defensores advierten la dificultad de enterrar los cuerpos debido al pétreo terreno donde se halla asentada la posición. Además, ante la dificultad que entraña regresar al campamento, a pesar de que no estaba previsto que la sección de Intendencia quedase allí destacada, se incorporan más de 30 hombres al mando de Nougués y Ruiz Osuna, de manera que Benítez debe pensar cómo dar de comer y beber a un contingente mayor con las escasas provisiones que posee. Aquella tarde, el alférez Casado y el soldado José Ibarra Gil saltaron el parapeto para rescatar a otros tres integrantes del convoy que habían quedado en tierra de nadie, y aún llegarían, durante la noche, dos artilleros más.

Sección de Regulares de Melilla 2
Los intentos de socorrer a los sitiados causaron entre las fuerzas españolas un altísimo número de bajas, especialmente en el grupo de Regulares. He contabilizado más de 100, muchas de las cuales fueron a causa de heridas muy graves, y 15 mortales. El hecho de que todos los oficiales que murieron en los tres convoyes pudieran ser trasladados y enterrados en Melilla, incluidos aquellos que cayeron el día 21, demuestra que tuvieron que ser evacuados junto a los supervivientes de Igueriben, el día 22 por la mañana. Prueba de ello es que el capitán Zappino y el teniente Nuevo fueron enterrados el 23, y anteriormente ya lo habían sido el teniente Ledesma y el soldado de África Jaime Buch Gasull, a cuyo sepelio asistió el coronel Jiménez Arroyo, jefe de su regimiento que permanecía en Melilla y no en el Zoco de Telatza donde se hallaba el grueso de su unidad.
Algunos de los jefes que mandaron columnas durante aquellos días expresaron ante Picasso las dudas que tuvieron acerca de la viabilidad de los sucesivos intentos de enviar convoyes. Núñez de Prado, que había llegado a Annual el día 18 de julio, se puso al frente de la columna que al día siguiente intentaría lo imposible, pero se topó con muchas dificultades: las mulas tenían que marchar en desfilada o en fila india, y, sobre todo, la necesidad de mayor número de fuerzas para cubrir el camino. Ese día 19, el jefe de Regulares resultó herido y fue relevado por el comandante Juan Romero quien también fue herido de gravedad, y al no poder ser evacuado a Melilla, moriría en Annual dos días después a causa de una bala que atravesó su pulmón. Al capitán José Romero Redondo un proyectil le atravesó la boca rompiéndole el maxilar, por lo que fue trasladado a Melilla y posteriormente al hospital de Carabanchel donde, a pesar de la gravedad, se repuso de sus heridas.


En primer plano, teniente coronel Núñez de Prado
En Annual se produce el relevo en la jefatura del campamento cuando el convoy está en plena ejecución. Argüelles parte en ese mismo momento hacia Melilla, siendo su última iniciativa situar la columna de Drius en Izzumar, y allí entrega el mando al coronel Manella y su ayudante, quienes vienen acompañados del capitán de Estado Mayor Emilio Sabater, que relevó al de su mismo empleo Vega Ramírez como jefe de Estado Mayor en Annual.
Ya a esas alturas los heliogramas que llegan desde Igueriben son cada vez más desconsoladores, y Silvestre es consciente de la gravedad de la situación. El último intento para socorrer Igueriben tuvo lugar el día 21 de julio, cuando ya se amontonaban las bajas en la posición. Según Casado, aquel día se contabilizaban 70 bajas de sangre y 83 de hambre y sed, aunque otro superviviente, Antonio Andreu Modol, rebaja la cantidad a 10 o 12 muertos y 16 o 18 heridos. El día 21, en un principio, manda el convoy el general Navarro, quien organiza tres grandes columnas: 3.000 hombres al mando de los coroneles Morales, Manella y el teniente coronel Marina. Ni tan siquiera este gran despliegue de fuerzas pudo hacer llegar agua, víveres y municiones a Igueriben, donde ya la situación rozaba el límite de lo insostenible. Silvestre sale esa misma mañana de Melilla, y ya no se moverá de Annual porque, dada la situación angustiosa de sus tropas, quería participar de su suerte. Las fuerzas intentan a todo trance llegar hasta la colina. Los regulares, al mando del comandante Llamas, son los encargados de asestar el impulso final y entrar en la posición. Mientras se desarrolla el combate, Silvestre llega a Annual y Manella se desplaza al campamento a recibir al comandante, por lo que asume el mando accidental de su columna Manuel Llamas. Éste, que había llegado esa misma mañana al campamento, consigue llegar hasta las alturas próximas a Igueriben, desde donde puede ver la posición y ser testigo de su caída horas después. Cuando vio arder las tiendas, no pudo hacer otra cosa que enviar dos compañías de su tabor para cubrir la retirada de los hombres de Benítez. Los regulares perdieron un gran número de oficiales y soldados, muertos y heridos, que fueron atendidos en los puestos móviles montados en las lomas de la aguada de Annual. Fue tan alta la mortalidad entre sus oficiales, que el teniente Barco, joven oficial de tan solo 20 años, tuvo que hacerse cargo accidentalmente de su tabor. Fernando Barco Gallego escapó aquel día de las balas rifeñas, así como al día siguiente de la masacre de la retirada de Annual, sin embargo, una enfermedad logró acabar con su vida el 4 de noviembre, cuando le faltaban unos días para cumplir veintiún años.


Oficiales Grupo de Regulares de Melilla
He leído muchos testimonios que sostenían que aquel día faltó un poco de empuje para poder hacer entrar el convoy, pero hay que tener en cuenta que la moral de los hombres estaba por los suelos tras los intentos baldíos, y las tropas acusaban el cansancio que produce el combate diario. Las avanzadillas de la columna de Llamas se quedaron muy cerca del parapeto, pero ante la imposibilidad de poder hacer más, Silvestre autorizó a Benítez a parlamentar, momento en el que el mangín de Igueriben, poco antes de ser inutilizado, le responde: Los oficiales de Igueriben mueren, pero no se rinden.
Pero no fueron los convoyes los únicos intentos para socorrer Igueriben. El día 19, tras el fracaso de la columna de socorro, el coronel Manella ordena que la compañía del capitán Francisco del Rosal Rico (Montefrío, Granada 1883-Nicaragua 1945) se acerque todo lo posible y arroje todas las cantimploras que sus hombres sean capaces de llevar encima. También fracasó. Al día siguiente, uno de los aparatos de la escuadrilla de Zeluán que mandaba Pío Fernández Mulero sobrevoló la posición y, aunque desde el interior se alegraron lo indecible, no consiguió nada práctico. Fue el único día que he tenido constancia de la utilización de la aviación durante el cerco. También se pensó que desde Buymeyan partieran patrullas formadas por un oficial y miembros de la Mía de policía del capitán Saltos para que se estacionaran cerca de Igueriben con el objetivo de cubrir otro flanco pero, ante el empuje de los rifeños, tuvieron que replegarse a Annual. Finalmente, el día 20 se intentó organizar las patrullas desde Annual y no pudieron avanzar más allá de unos cientos de metros. Algunos oficiales y soldados se ofrecieron voluntarios para acercarse sigilosamente y arrojar cantimploras tras el parapeto aunque, con buen criterio, se les prohibió intentarlo.
La cadena de heliogramas que se cruzaron entre Annual e Igueriben es harto conocida para todos los que nos interesamos por el Desastre, pero, a pesar de ello, siempre conmueve verlos uno tras otro. Tal vez el que más ha perdurado en el tiempo ha sido el último, que el cabo Valeriano Aguilar envió tras recibir la orden de Benítez, y que les debió causar una honda impresión transmitir: Solo quedan doce cargas de cañón…

Se aproxima a su término el asalto,
la bandera de España sigue en lo alto,
por ella hasta muriendo hay que luchar.
Y habló el tercer mensaje,” solo quedan
doce cartuchos… doce, mientras puedan
sembrar muerte tronando el cañón,
será Igueriben valladar y amparo
Contad bien… y al duodécimo disparo
‘Fuego sobre el montón!
Fuego contra Igueriben, sin reparo
Ametrallad, barred la posición



Batería móvil abriendo fuego
No hay duda de que las baterías escupieron fuego constante desde Annual, como refleja la declaración del Coronel Argüelles. Día tras día disparaban para cubrir a los de Igueriben, Buymeyan y Talilit. De todos aquellos artilleros que se hallaban a las órdenes del comandante Gonzalo Écija Morales, quisiera destacar el testimonio del joven teniente Pedro Gay de la Torre que, tras retirarse de Annual, se encontró en Monte Arruit con su compañero Guillermo Vidal Cuadras, quien a su vez narró los pormenores de aquellos días al corresponsal de La Vanguardia, Xavier Bóveda, tras su regreso a Barcelona. Pedro Gay, hijo del teniente coronel Joaquín Gay Borras, 2º jefe del Mixto, con el rostro ennegrecido y los ojos enrojecidos por los continuos disparos, relató a su compañero el sufrimiento que les producía disparar a tan corta distancia de la posición. “Tirar por encima de la alambrada, a doscientos metros. Los moros se nos vienen encima,” transmitía el heliógrafo, y Gay ordenaba a sus artilleros abrir fuego a sabiendas, como ocurrió, de que algún impacto caería entre las tiendas. Desde Igueriben respondían: “No importa. Sigue tirando” y Federico de la Paz les comunicaba: “Alto. Corto. Se ha pasado…” El joven oficial le confesaba a su compañero la angustia que les producía cada disparo efectuado. Pedro Gay murió tras la capitulación de Monte Arruit y su cuerpo se halló junto al de su compañero, el capitán Rubio Usera, ambos enterrados en el Panteón de los Héroes.
Mandos regimiento Mixto de artillería

Y nada más, con rapidez horrenda
sobre el ronco fragor de la contienda
ruge el cañón, ¡atento está Annual!
¡¡ocho, nueve, diez, once!!
En lejanía guarda el sol resplandores de agonía
mientras teje la bruma su cendal
por encima del alto parapeto,
con silenciosa majestad de reto,
conservan los cañones su mudez…

Entre aquellos artilleros que, con su mirada fija en Igueriben, contaban los disparos, se hallaba Miguel de la Paz, quien según el testimonio del artillero del parque móvil Bernabé Nieto Martín que se hallaba a sus órdenes, ese mismo día se había presentado voluntario para formar parte del convoy. Miguel y Federico no se veían desde que este último había partido hacia Annual el 1 de junio. Bernabé también fue uno de aquellos 3.000 hombres que intentaron saciar la sed de las bocas sedientas de Igueriben, y cuenta que se quedaron estancados a 2 kilómetros de Annual, sin poder avanzar, mientras veían pasar a los heridos que eran evacuados. Pudo, incluso, ver al teniente coronel Marina retirar a muchos heridos arriesgando considerablemente su vida. Se iniciaban los momentos agudos del drama; Nieto y sus compañeros experimentan una angustia creciente y, hacia las cuatro de la tarde, ven a los regulares y los policías volver grupas. El convoy se ve perdido. Miguel, sabedor del drama que se desarrollará a continuación, debe regresar a Annual, deshecho de dolor y maldiciendo por no haber podido socorrer a Federico.

Miguel de la Paz Orduña


Enfilados están; su puntería
se fija en Igueriben
Muere el día
tiene el valle pavor de lobreguez.
Y como adiós que clamoroso zumba,
y en infinito más allá retumba,
suena el postrer disparo de cañón…
Y al extinguirse su vibrante acento,
para cumplir el magno testamento,
Annual es un volcán en erupción:
un turbión de metralla rasga el viento.

Todos los prismáticos se dirigen hacia aquella colina amarillenta y pedregosa que, resquebrajada y desprovista de toda vegetación, se alza como un centinela sobre Annual. Una humareda asciende sobre el cielo anunciando que la resistencia ha llegado a su fin. Todos mantienen la mirada clavada en aquel lugar: el capitán Correa que ve arder las tiendas de los que hasta hace unos días eran sus hombres; el comandante Llamas que aún permanece cerca para cubrir la retirada; Morales, Manella, Silvestre y sus ayudantes…, todos con la vista fija en aquella nube de humo negro que anuncia el final. Bajo el humo ya no queda nada, y Miguel de la Paz, que lo sabe, afronta el que será su último día de vida, con la amargura de saber muerto a su hermano. Porque desde Annual, aquellos prismáticos fijos en Igueriben han visto a los oficiales subirse al parapeto para distraer la atención de los asaltantes, y permitir escapar a sus hombres, y Miguel sabe que Federico debía ser uno de ellos.


¡Así muere el león!


Charreteras de Federico de la Paz Orduña


jueves, 13 de octubre de 2011

Sufrir, morir y vivir en Igueriben. 2ª parte



Sufrir, morir y vivir en Igueriben. 2ª parte.

Cuando la fatiga sea tal que los sentidos se nieguen a cumplir con su cometido porque ni bebes, ni comes, ni duermes.
Cuando pensar se vuelva, no solamente cada vez más penoso, sino más y más innecesario.
Cuando, tras horas de permanencia en el parapeto, sientas el oído abotargado, la boca seca y el hombro dolorido por el continuo retroceso del máuser.
Cuando, a pesar de estar expuesto a la más grave de las amenazas, seas capaz de dormirte de pie.
Cuando bajo un sol abrasador, a más de 40 grados y sin sombra para cobijarte, vagues sonámbulo por el campamento, sin otro líquido que llevarte a la boca que los orines de quién sabe quién.
Cuando tengas la certeza de que, muy cerca de ti, hay cientos y cientos de miembros de tu propia especie que intentan por todos los medios acabar con tu vida.
Cuando una de las balas que zumban sobre tu cabeza penetre en tu cuerpo, y agonices en una tienda de campaña sin recibir atención médica.
Cuando hayas perdido la fe en aquellos superiores que días atrás te llevaron hasta esa colina y veas que, uno tras otro, todos los intentos de ayudarte fracasan.
Cuando ya no quede más esperanza que recordar a tus seres queridos o encomendarte a Dios para que te saque de aquel infierno.
Cuando corras el peligro de desear la muerte porque sea la única forma de conseguir que tu derrotado cuerpo consiga, al fin, el anhelado descanso.
Cuando tras días de resistencia a ultranza, tengas que abandonar aquella posición con la única esperanza de tener la fortuna de que ninguna bala te alcance mientras corres entre barrancos y desfiladeros.
Solo cuando seamos capaces de entender todos estos condicionantes podremos comprender lo que sufrieron aquellos soldados durante las casi 120 horas de resistencia a todo trance en Igueriben.


Igueriben, dibujo de Luis Casado Escudero

Sufrir
Desde hace mucho tiempo sé que las sombras que envuelven los acontecimientos que conocemos como el Desastre de Annual, también se extienden sobre Igueriben. Multitud de incógnitas y dudas se ciernen sobre aquellos cuatro días de julio antes de la caída de la posición, que, como ocurrió en la primera parte, no he sido capaz de resolver con la claridad que hubiera deseado. Entre las cuestiones que más quebraderos de cabeza me han ocasionado, y sobre la que ha girado gran parte de mi investigación, está el llegar a saber con exactitud cuántos hombres formaban parte de la guarnición de Igueriben y, por consiguiente, si es exacta la relación de defensores que aporta Casado Escudero en su libro. En segundo lugar, ¿cuántos hombres murieron tras ordenar Benítez el sálvese quien pueda, y por tanto, cuántos pudieron escapar de aquel infierno? Indudablemente, esta cuestión no ha sido objeto de un estudio suficientemente riguroso, ya que la mayoría de los historiadores e investigadores ha dado por buenas las cifras publicadas sin ponerlas bajo sospecha. Este asunto no me ocasiona ya ningún género de dudas: puedo aseguraros que el número de supervivientes fue mayor del que hasta ahora hemos conocido, y personalmente, creo que mi investigación aún quedará corta, pudiendo ser, el número real de supervivientes, todavía superior al que yo aporto.
El sábado 16 de julio el teniente Justo Sierra escribió a su mujer, Remedios Salas, una carta, a buen seguro de las últimas que salieron de Igueriben y pudieron llegar a su destino. Sorprendentemente, en ella el oficial no hace la más mínima mención a su situación en el frente, ni una sola palabra que denote intranquilidad o preocupación por su futuro inmediato; tanto es así, que Justo calcula que en pocos meses cobrará otro quinquenio y verá incrementado su escaso sueldo de setenta duros mensuales. Sin embargo, queda constancia gracias al testimonio del coronel Argüelles, que en los días previos la posición fue duramente castigada, lo que motivó que desde Annual las baterías del mixto tuvieran que bombardear en repetidas ocasiones concentraciones enemigas. Las únicas palabras de las que Justo dice a su esposa, que sugieren cierta relación con el conflicto, son las que se refieren a las ganas que tiene de abandonar este maldito Melilla y estar al lado tuyo para siempre. Cinco días después Justo Sierra fallecía cuando, al frente de su sección, abandonó el campamento


Carta teniente Justo Sierra 16-07-1921
Cómo no iba tener ganas Justo de volver a su casa junto a su familia. En aquella guerra los oficiales debían pasar prolongadas estancias en el frente, mientras que los jefes se turnaban por quincenas y eran retribuidos con los abonos por campañas, y, aunque es cierto que formaba parte de su trabajo y que, comprendo, cumplían con su deber, no por ello podemos pensar que sería llevadero y fácilmente digerible para los oficiales. Cito como ejemplo al capitán De la Paz Orduña, quien, a lo largo de los años que permaneció en el antiguo protectorado, estuvo destacado en perdidas posiciones durante largos periodos de tiempo, el de mayor duración de 134 días sin pisar Melilla. Cuando nació su hija Marisa en diciembre de 1920, Federico se hallaba en el frente sin que recibiera permiso alguno para conocerla, lo que, de hecho, no ocurrió hasta que la niña tuvo algo más de tres meses. Mucho peor era el caso de los soldados y sargentos, reclutados de manera obligatoria, forzados a afrontar un durísimo servicio militar de tres años, y debiendo permanecer en Marruecos meses y meses sin poder visitar a sus familias. Hoy en día nos resultaría imposible entender que nuestros hijos endeudaran sus vidas, aún más, las sacrificaran por la patria para la que, la mayor parte de las veces, fuera un sacrificio que pasara inadvertido.

El Rif abrió sus fauces y de un golpe
diez mil hombres perdieron la existencia.
El alma de las madres se destroza
pero aguardando al hijo no flaquea…
Tal vez de los diez mil se salve uno,
y ese ha de ser el que su amor espera.
Diez mil hombres se fueron
diez mil hogares claman por su vuelta

M.R. Blanco Belmonte


La madre que espera, dibujo de Santiago Regidor (1866-1942)
El día 15, según reza en la investigación de Picasso, ya no se pudo realizar la aguada en Igueriben. Sin embargo, lo que la postrera carta del teniente deja claro es que al día siguiente sí se pudo establecer contacto con Annual puesto que  ésta llegó, finalmente, a su destino en Málaga. Este hecho es realmente significativo ya que indica que los rifeños interceptaron el camino de la aguada, pero, curiosamente, no el que comunicaba con Annual, que sería el que recorrería la carta de Sierra. Ambos caminos estaban cruzados por barrancos en cuyas desigualdades se hacía fuerte el enemigo utilizando para resguardarse, tanto los  accidentes del terreno como las defensas que ellos habían construido. Y este mismo camino sería el que, días después, tendrían que vencer padeciendo horas y horas de sufrimiento, aquellos que consiguieron llegar hasta Annual.
Igueriben desde Tizzi Assa

En condiciones normales, una persona necesita alrededor de tres litros de líquidos diarios para mantener el equilibrio de su cuerpo. La mitad de esta cantidad se ingiere a través de lo que bebemos, y el resto proviene de la aportación de agua que contienen los alimentos. Durante el cerco de Igueriben, al estar expuestos a un esfuerzo físico tan importante, los defensores aumentaban su necesidad de ingestión, a lo que habría que añadir que, debido al calor reinante, podrían llegar a perder 2 litros de agua cada hora. Tras los dos primeros días sin poder saciar su sed, aparecerían los primeros síntomas de la temida deshidratación. Desde el día 16, se tuvieron que contentar con beber pequeñas cantidades de líquidos que contenían las conservas, algo de café, y tan solo una pequeña ración de agua fruto del convoy que llegó el día 17, y a la que probablemente no todos tuvieran acceso. Por lo tanto, la deshidratación que sufrieron fue severa, y todos padecieron las diferentes fases que comporta soportarla; mareos y náuseas, fatiga, aumento de la temperatura, enrojecimiento de la piel y calambres en una primera fase que darían paso a fuertes dolores de cabeza (como los que parece sufría el comandante Benítez), falta de aliento, hormigueo en piernas y brazos, y la horrible sensación de sentir la mucosa de la boca seca y la lengua hinchada. En los peores momentos, y tras días de privación y sufrimientos, aparecerían otros efectos como la sordera, el oscurecimiento de la visión e incluso, la pérdida del conocimiento y, en algunos casos, la razón. Ante tal cantidad de padecimientos no sería extraño que decayera la moral, sintieran miedo, desamparo y hasta tuvieran ganas de llorar, pero hasta ese punto fueron vetados, ya que la deshidratación extrema conlleva la dificultad de producir lágrimas. Según los estudios realizados sobre los efectos de la falta de agua en los seres humanos, la presencia de esta sintomatología, si no se trata rápidamente, puede llevar al individuo a sufrir un colapso cardiovascular –shock- y a la muerte. Éste podría ser el aspecto que ofrecerían aquellos hombres: ojos hundidos en un semblante cadavérico, agravado por la suciedad, los piojos, y la miseria que tuvieron que soportar. En definitiva, tuvieron que padecer un deterioro físico y psicológico tan grave, que cuesta imaginarlos de otra forma distinta a un anticipo de cadáver.

Parapeto. Archivo fotográfico Carrasco García
Fue sin duda el día 16 de julio el punto de inflexión en la defensa de la posición, ya que durante todo el día se produjeron tiroteos y resultó muy complicado realizar los servicios habituales. No puedo asegurar que aquel mismo día saliera de Igueriben la carta del teniente Sierra, ya que no queda constancia de que hubiera servicio hacia Annual. Por lo tanto, es más que probable que los Regulares del capitán Cebollino se llevaran al día siguiente el correo que, ciertamente, era de vital importancia para Benítez.
Según el relato de Casado Escudero, aquel día 16, cinco días antes de la tragedia, consiguió llegar hasta la posición un cantinero junto a su borrico: Enjuto, tostado el rostro por la crudeza del cierzo y la ardorosa caricia del sol, así describe el oficial superviviente al civil, inseparable compañero de los ejércitos en campaña, que en algunas ocasiones causaba quebraderos de cabeza a los oficiales médicos, ya que suministraba su género echado a perder por las dificultades obvias para conservarlo en buen estado. Así se registra en los partes de atención del teniente médico José Salarrullana de los meses de junio y julio de 1921, en los que figura que se atendieron en Annual a ocho intoxicados por consumir vino en mal estado.
No he conseguido saber cómo se llamaba aquel cantinero de Igueriben, que días después cambió sus bártulos por el fusil de uno de los caídos, y murió en combate tras haber repartido sus ganancias entre los que quedaban con vida el día 21. Sobre las andanzas de algunas de aquellas cantineras o cantineros, conocemos detalles de interés como en el caso de Juana Martínez López, de la que mi amigo, Hans Nicolás i Hungerbühler, ha escrito una interesante semblanza que podéis leer en el Heraldo de Melilla. Menos conocida fue la odisea de Balbina Sanz Blasco, que regentaba su negocio en Dar Quebdani y fue hecha prisionera junto a sus hijas Mercedes y Carmen Beltrán Sanz. Gracias a las gestiones que llevó a cabo el coronel Araujo, pudieron volver a Melilla junto a un grupo de soldados heridos, entre los cuales se encontraba un superviviente de Igueriben: el artillero Francisco Hernández Prieto. Junto a ellos embarcó, el 12 de agosto en el Lauria, el chiquillo de ocho años Laureano Irazazábal Hevia, hijo del capitán de Melilla 59 Cándido Irazazábal, muerto en Bu Hermana. El pequeño pasaba unos días de vacaciones junto a su padre cuando la posición fue atacada el 23 de julio, y tuvo que presenciar cómo su padre fallecía ante sus ojos, y verse inmediatamente separado de él para escapar junto a la cantinera de la posición. Finalmente, fue apresado y llevado hasta Sidi Dris donde embarcó en el Lauria junto al resto de prisioneros y pudo llegar a Melilla donde, días después, narró su peripecia a Gregorio Corrochano que quedó impresionado de la formalidad y entereza que el niño mostró ante el corresponsal del ABC. Al pequeño Laureano se le concedió la Medalla de Sufrimientos por la Patria, el mismo día que el ayuntamiento de El Burgo aprobaba en pleno dedicar la calle mayor de la localidad al comandante Benítez.


El Burgo, casa natal del comandante Benítez
En el resto de las posiciones de primera línea los cantineros corrieron suertes diversas. En Annual se hallaba Miguel Mendaño Ordóñez, “El Argelino,” natural de Huétor Tájar, en Granada, que milagrosamente pudo escapar tras la desbandada del día 22, y consiguió regresar a su localidad natal. En Afrau, donde mandaba la guarnición el teniente Vara de Rey, tras la muerte del teniente Gracia Benítez, se produjo el repliegue el martes 26 de julio, y la mayoría de las tropas pudieron acogerse a la protección de los buques de la armada. Ése no fue el caso del cantinero, José Molina Melida, quien junto a su nieta María de 16 años fue apresado, y permanecieron cautivos hasta que el 24 de agosto, a bordo del Jorge Juan, llegaron a Melilla. El propio comandante del Laya felicitó a la comandancia de Ingenieros por el comportamiento de los telegrafistas de Afrau, los soldados Cipriano Arcos Ventura, Francisco Blas Rodríguez y Braulio Frutos que permitió que la evacuación se desarrollara con eficacia.
En Sidi Dris, el cantinero corrió idéntica suerte que la mayoría de los hombres del comandante Velázquez, y desapareció mientras intentaba alcanzar los botes del Princesa de Asturias. Finalmente, recordaré a María González, quien junto a Juana Martínez se distinguió atendiendo a los heridos en Monte Arruit, adonde había llegado tras haber huido su marido. María fue herida levemente en la cabeza, y hasta incluso participó en alguna de las tentativas que se llevaron a cabo para poder realizar la aguada. Tras la capitulación fue puesta en libertad y llegó a Melilla el 2 de septiembre.


Allá por tierra africana,
donde el sol brillando, abrasa,
he vivido con mi abuelo
y allá he tenido mi casa.
Yo soy la cantinera del fuerte Annual,
yo fui la prisionera del moro rival.

Anónimo

Mucho se ha escrito sobre la heroicidad que mostraron los hombres de Igueriben, pero apenas nada de los padecimientos que tuvieron que soportar nuestros soldados. Desde que tuve el primer conocimiento sobre este tema, me impresionó sobremanera la necesidad tan desesperante que tuvieron que padecer para que tuvieran que recurrir a ingerir sus propios orines y poder así, sobrevivir. No existen intoxicaciones evidentes con la ingestión de orina, incluso antiguamente se admitía su posología en determinadas enfermedades como el asma, la artritis, el acné o las migrañas. Hasta, incluso, puede estar indicada en duras condiciones de supervivencia, pero no tengo ninguna duda de que su consumo nos produciría a la mayoría de nosotros fuertes náuseas y repulsión, difíciles de superar. Para añadir aún más calamidades a las ya expuestas, en condiciones de deshidratación, se puede llegar a padecer oliguria o pérdida de la capacidad de miccionar, por lo que se verían obligados a consumir el líquido producido por quienes no se vieran afectados por ella. En cuanto a la toxicidad de líquidos no acuosos (como el vinagre, la tinta o la colonia que los de Igueriben se vieron obligados a beber), varía en función de cuál sea el líquido que se consuma, pudiendo, la mayoría de ellos, producir problemas gastrointestinales, inflamación y ulceración de las mucosas, y otras anomalías relacionadas con el sistema cardiovascular. No debemos olvidar que, durante los últimos días del cerco, algunos hombres sufrieron heridas por arma de fuego, y que aquellos que se hallaban más deteriorados físicamente no pudieron ser debidamente atendidos y padecieron graves infecciones, aunque desconozcamos con exactitud cuántos hombres fueron heridos antes de la evacuación. Pero no fueron los síntomas fisiológicos los únicos que les tocó vivir, a ellos tuvieron que añadir los efectos psicológicos que, no por menos conocidos, eran menos destructores; lo que hoy llamamos estrés por combate, aunque entonces llamara poco la atención de los médicos, y, en segundo lugar, un torturante miedo a morir que aumentaría, de manera considerable, las probabilidades de sufrir estrés postraumático. En realidad, en las guerras es precisamente eso lo que se pretende: infringir las condiciones más penosas al enemigo para quebrantar su moral, y conseguir que perciba que no puede hacer frente a la amenaza externa inminente, de manera que, como decimos coloquialmente, se dé por vencido.
Parapeto, archivo fotográfico Carrasco García
A nivel comportamental aparecería la ansiedad, la disminución de la capacidad de pensar, los pensamientos negativos, la pérdida de memoria y, debido a la falta sueño, podrían aparecer la depresión, las conductas irracionales y la falta de claridad agravada por el desgaste físico. Este aspecto causa un gran deterioro en la unidad combatiente, sólo mitigable si la capacidad de cohesión del líder es efectiva y mantiene la coherencia interna. Sin embargo, está claro que los oficiales también sufrirían la misma privación de sueño que sus hombres, lo que dificultaría, de manera considerable, su capacidad de ejercer el liderato, y los haría vulnerables a sufrir el mismo estrés que los hombres de su compañía o sección. La ruptura de esa unidad, admirablemente mantenida hasta esos momentos, hizo que al abandonar el campamento se desintegrara el entramado social, y el miedo a morir se extendiera como una plaga irrefrenable. Ni siquiera los hombres más valerosos se ven libres del temor a la muerte, aunque entiendo que el valor consiste precisamente en la capacidad, no de ignorarlo, sino de sobreponerse a él. Dura papeleta la de aquellos oficiales que, estando casi destruidos físicamente y bajo la presión de sus superiores, tuvieron que mantener el tipo ante sus hombres.
Finalmente, en el plano emocional, a medida que pasaban los días y aumentaba la tensión, el combatiente podía sentir una mayor irritabilidad y hostilidad ante los acontecimientos adversos. El mal olor, la miseria, los piojos, la suciedad y el sentirse desamparado causaban verdaderos estragos, pero, sin duda, la carencia más importante era la afectiva; el recordar a los seres queridos con el dolor de saber que no se los volverá a ver, el sentimiento de pérdida para siempre de la novia, los hijos, la madre o el padre... ¿Quién es capaz de medir la intensidad de este sufrimiento?
En estas penosas condiciones, aquellos que consiguieron llegar con vida el día 21, tuvieron que emprender la huída hacia Annual siendo atacados hasta el último momento. Prueba de que fue así, es que uno de los sanitarios que atendió a los llegados de Igueriben, el sargento José Suárez Labra, falleció mientras mitigaba la sed de los recién llegados al campamento, lo que no deja lugar a dudas de que, hasta que no alcanzaron la relativa seguridad de Annual, corrieron peligro de muerte. Junto al sargento Suárez, destacaron en ese cometido los cabos del mismo cuerpo López Murcia y Soler Guisado, ambos caídos en la retirada del día 22. Según consta en la revista de Sanidad Militar, tan solo se pudo recuperar el cadáver de un soldado de sanidad que no pudo ser identificado pero fue enterrado junto a sus oficiales.
Aquel grupo de supervivientes en tan lamentable estado físico tuvo al día siguiente, de nuevo, que tomar parte en otra retirada. ¿O tal vez no fuera así? Yo personalmente creo, aunque no dispongo de documentación oficial que lo avale, que para evitar el estrago psicológico que produjo entre la tropa la caída de la posición, se decidió evacuar a los supervivientes el mismo día 22 por la mañana, en un convoy formado por más de cien heridos y varios oficiales médicos. Con objeto de poder evacuar a los heridos, el jefe de Sanidad, coronel Triviño, ordenó el 19 de julio, que se trasladaran hasta Annual los comandantes Carlos Gómez-Moreno, Fernández Lozano, , el capitán Pellicer y el teniente Francisco González Miranda, para apoyar al capitán García Gutiérrez en dicha evacuación. Para facilitar esta labor organizaron un equipo de artolas y otro de auto ambulancias, y pudieron evacuar a 110 heridos trasladándolos a Tistutin, y de allí a Melilla en uno de los últimos trenes que pudieron llegar hasta allí. Si no hubieran sido evacuados, no se explica que en el juicio contradictorio que se instruyó para conceder la laureada al capitán De la Paz, prestaran declaración un total de 14 supervivientes que se hallaban ilesos en Melilla, aún cuando, como veremos, no fueron los únicos que pudieron llegar a la plaza. En junio de 1924, durante la vista que se siguió contra los generales Berenguer y Navarro declaró, entre otros, el capitán médico Juan García Gutiérrez, quien recordó que el propio general Fernández Silvestre ordenó el día 21 en Annual que se trasladaran los heridos en auto camionetas, y que así se hizo pudiendo llegar esa misma tarde a Drius y posteriormente a la plaza.


Transporte de heridos en el frente
Una vez en Melilla, algunos de los sobrevivientes tuvieron que ser evacuados a la península debido a la gravedad de sus heridas. El primer traslado de heridos se efectuó el 8 de agosto, cuando aún resistían en Arruit los hombres de la columna Navarro, y se utilizó para ello el buque hospital Alicante. El viejo vapor ya llevaba miles y miles de horas de navegación a sus espaldas. En 1899 fue el buque en el que regresaron a España Los últimos de Filipinas, que tras once meses de asedio en Baler pudieron ser repatriados y llegaron a Barcelona el 1 de septiembre después de una travesía de 32 días. A finales de julio de 1921 la compañía Transatlántica finalizó en Cádiz los trabajos en el dique para convertir el  Alicante en buque hospital. Muchos fueron los viajes que el vapor realizó a la península transportando a los heridos del Desastre, y posteriormente a los que lo fueron durante la campaña de reconquista. Mandaba el buque el catalán Agustín Gibernau Maristany y para dar asistencia a los heridos en un primer momento figuraron el comandante médico Rafael Fernández Fernández, el capitán Antonio López Castro, el farmacéutico y naturalista Francisco Pérez Carretero, y el capellán Adrián Risueño de la Hera junto a 1 sargento, 1 cabo y 13 sanitarios. De las labores de logística a bordo se encargaron una sección de intendencia al mando del teniente Antonio Cepas López.

Buque hospital Alicante
El Alicante transportó a los últimos de Filipinas y también a los últimos de Igueriben. En aquella primera singladura a Málaga fueron evacuados 223 hombres; 173 heridos y 50 enfermos entre los cuales se hallaban 14 supervivientes de Igueriben y 6 oficiales, dos de ellos el comandante Francisco Romero y el capitán Emilio Sabaté uno de los últimos en ver con vida al general Fernández Silvestre. Antes de zarpar, el buque fue revistado por el general Dámaso Berenguer y al día siguiente llegó a la capital andaluza desde donde algunos de aquellos once hombres fueron ingresados en diferentes centros hospitalarios. Por entonces ya se conocían en España noticias sobre el sufrimiento padecido por los hombres de Benítez. El mismo día que el Alicante partía de Cádiz rumbo a Melilla, el periódico ABC publicó una semblanza sobre el capitán Bulnes, escrita por Ortega Munilla, donde ya se pedía la Laureada para aquellos héroes, para aquellos mártires. Muchos fueron los viajes que el Alicante realizó antes de ser destinado como carguero en la línea de Nueva York en 1926. Finalmente en 1939, el veterano navío se hallaba fondeado en el puerto de Barcelona cuando fue bombardeado y hundido por la aviación franquista. Hoy en día una calle de El Masnou, población del Maresme Barcelonés, lleva el nombre de aquel capitán de la marina mercante que evacuó a los últimos de Igueriben y a otros muchos heridos que no podían ser atendidos adecuadamente en una Melilla en la que todos los hospitales estaban a rebosar.


Heridos en Melilla, 1921
Otro aspecto que genera dudas es el de la muerte de los supervivientes que, habiendo llegado en tan lamentable estado y a pesar de la cantidad de médicos presentes en Annual, se les permitiera atiborrarse de agua hasta reventar. Según citan muchas fuentes, consiguieron llegar 1 sargento y once soldados de los cuales cuatro fallecieron al llegar al campamento. Pero si esto fuera cierto, no habría sido posible que 14 declararan en las diligencias previas para conceder la mencionada Laureada a De la Paz. ¿Por qué, entonces, en la documentación de Picasso se cita que la mayoría de la guarnición pudo acogerse a nuestras líneas? A las 19.30 del día 21, el general Fernández Silvestre comunica a Berenguer el fracaso del postrero intento de convoy a Igueriben, reconociendo que a pesar del supremo esfuerzo realizado, no se ha podido socorrer a la guarnición, y que, consecuentemente (cito textualmente): “He ordenado la evacuación, pudiendo acogerse la mayoría de los efectivos que participaron en el convoy”. Finalmente, dice que “los jefes y oficiales murieron en la alambrada suicidándose, recogiéndose, repito mayoría territorio Annual.” Este comunicado no nos aclara la cantidad de hombres que pudieron salvarse y nos plantea, además, otra incógnita: ¿se suicidaron los oficiales en la alambrada, tal y como dice el general? Según afirmaron los testigos, Benítez, tras sufrir un desfallecimiento recibió un tiro en la cabeza; Federico de la Paz y Bustamante fallecieron de forma similar, muy cerca de la alambrada y uno junto a otro; el teniente Sierra, en el camino que conducía hasta Annual; Bulnes, que mandaba la vanguardia, fue, al parecer, el último oficial que quedó con vida (a excepción de Casado), y recibió varios disparos antes de caer fulminado, y así uno tras otro. ¿Que vio el general para afirmar que se suicidaron?
Personalmente no creo que pudiera presenciarlo, pero sí parece lógico pensar que serían los testigos quienes informarían al general, tras seguir la trágica retirada con los prismáticos. Uno de los testigos fue el capitán Fernando Correa, quien se hallaba al frente de una compañía de regulares, ya que, no habiéndose podido reincorporar a Igueriben, el Estado Mayor lo designó para cubrir alguna de las múltiples bajas de los oficiales del grupo de Regulares muertos en los días previos. Las avanzadas del último intento de convoy quedaron tan cerca de Igueriben, que muchos de los oficiales que tomaron parte afirmaron que se hubiera podido conseguir hacerlo entrar con un último empuje. El capitán Correa, desde un barranco, presenció cómo sus hombres inutilizaban el material y quemaban las tiendas mientras sentía una impotencia que no olvidaría nunca. Por otro lado, son difíciles de imaginar las sensaciones que debió sentir Miguel de la Paz, al ver cómo su hermano Federico moría, mientras él no podía hacer nada para socorrerlo. Tuvo que ser terrible la noche que pasó Miguel en Annual.


Miguel y Federico de la Paz, Kert 1915
La pérdida de Igueriben supuso un verdadero mazazo en la línea de flotación del ejército de Silvestre. Todos fueron conscientes del descalabro que supuso perder la posición, aunque se encontrasen alejados de primera línea. Cuando meses después declaró ante Picasso el teniente de artillería Gómez López, que se hallaba con su batería en Drius, dejó claro lo que pensaba gran parte de la oficialidad: Allí mismo supieron que Igueriben había sucumbido, siendo ocupada por el enemigo; lo que les hizo pensar que las demás posiciones correrían la misma suerte, por su escasez de medios de resistencia y su situación aislada, así como por la dificultad de auxiliarse unas a otras, y estando concentradas todas las fuerzas móviles disponibles en Annual. A su vez, Annual, caído Igueriben, se encontraba en situación difícil, por las malas condiciones, a través de un país muy escabroso, bajo la constante amenaza de los enemigos, que fácilmente podían dominarlo y cortarlo.
Todos somos conscientes de los sufrimientos que padecieron los defensores que mandaba Benítez, pero ahora me gustaría resaltar el tremendo varapalo psicológico que supuso la caída de la posición para el general Manuel Fernández Silvestre. Según consta en la declaración del capitán de artillería Pedro Chacón, desde aquel momento reinaba en Annual el más completo desbarajuste, tanto por la revuelta y desordenada llegada de las fuerzas del convoy, como por haberse reunido en las inmediaciones de la tienda del general heridos y fugitivos de Igueriben y hasta algún soldado que falleció en esos momentos. No cuesta imaginar la impresión que debió causar entre las tropas la visión de aquellos soldados con semblante cadavérico a los que tan solo un día antes se les había pedido que resistieran unas horas más porque así lo exigía el buen nombre de España. Ellos habían resistido, ahora quien en su momento se lo demandó tenía la obligación de sacarlos de aquel callejón sin salida en que estaba a punto de convertirse Annual. El general tuvo necesariamente que sentirse en deuda con aquellos hombres, y tal vez fue entonces cuando tomó la decisión de evacuarlos sin más demora porque así lo exigía su propio honor como comandante general y como hombre.
En los días previos a la retirada de Annual, Silvestre adoptó decisiones que fueron catalogadas por Picasso como poco meditadas, de incierta ejecución, y adoptadas cediendo al apuro irreflexivo de las circunstancias. Prueba de ello fue la idea que, poco después de ver cómo fracasaba el convoy del día 21, pretendía ejecutar, lanzando en una carga suicida a los escuadrones de Alcántara. Suerte que sus incondicionales Manera, Hernández y Manella le persuadieron de adelantar el sacrificio del regimiento de caballería. No dudo de que aquella noche el general vivió uno de sus momentos más trágicos a pesar de estar acostumbrado, como estaba, a la guerra y haber sentido en sus carnes el acero enemigo, e incluso a pesar de los reveses que el destino le había deparado en su vida personal, al enviudar muy joven y perder una hija de corta edad. Al comandante se le ha acusado, y no digo que no hubiera razones para ello, de ser el primer responsable de la derrota de Annual. Entre sus superiores, tendrá detractores y otros que, queriendo exculparlo, buscarán responsabilidades en la clase política, pero nadie lo defendería como sí hicieron con Berenguer y Navarro. Lo cierto es que en aquellas condiciones, y a aquellas alturas, poco más se podía hacer para impedir que el Rif abriera sus fauces, como decía Blanco Belmonte en su poema, y se tragara a miles de españoles. Para haber evitado lo que ocurrió, debió haberse previsto mucho antes de llegar al callejón sin salida en que se hallaba el ejército de Silvestre poco antes de convertirse en un ejército de desaparecidos. En cuanto a la polémica decisión que el general tomó con respecto a su hijo Bolete, de salvarlo enviándolo a Melilla, sólo puedo decir que tengo un hijo de la misma edad que tenía el suyo, y eso hace que me resulte, cuando menos, muy fácil comprender su determinación.


Manuel Fernández Silvestre y su hijo Manuel