lunes, 25 de julio de 2016

Leopoldo Aguilar de Mera, un poeta en el Desastre

Leopoldo Aguilar de Mera, un poeta en el Desastre

Era Leopoldo algo raro, sencillo y comunicativo; su hablar era dulce y reposado y había en todo él un algo grave y misterioso que fascinaba. Vicente Mena Pérez, agosto de 1921.

El 25 de julio de 1921, tras cuatro días de estéril resistencia, sucumbió la posición de Sidi Dris, cuyo único auxilio -al quedarse aislada tras la retirada de Annual- era la marina de guerra. Evacuar la posición enclavada en un acantilado se convirtió en misión poco menos que imposible para los más de trescientos defensores. Pocos conseguirían subir a los botes arriados para salvarlos; unos fallecerían ahogados, otros de camino en el escarpado acantilado y otros -entre quienes se hallaba un joven oficial de Ceriñola, poeta, escritor y articulista de brillante porvenir- no podrían tan siquiera abandonar el campamento. Leopoldo Aguilar de Mera era, a pesar de su juventud, un escritor dotado de una sensible y tenaz personalidad, con una prolífica obra. En julio de 1921, tres de los hermanos Aguilar de Mera servían en el ejército de Melilla; Leopoldo y José pasarían a formar parte de la letal estadística del Desastre.   

Tres hermanos

El 7 de septiembre de 1914, día de ingreso en la Academia de Infantería, se produce un hecho poco común entre las promociones que acceden a la carrera militar; se presentan en Toledo tres hermanos: José, Jenaro y Leopoldo Aguilar de Mera. Por aquella época la familia ya vivía en Toledo -en la calle de las armas- adonde había llegado desde Sigüenza, y donde nacieron algunos de los nueve hijos -seis varones, cinco de ellos militares, y tres mujeres- del matrimonio constituido por Luis Aguilar y Amparo de Mera Martínez. Mucho antes de ingresar en el ejército, el joven Leopoldo había mostrado su querencia hacia la poesía, de ello dejó constancia su buen amigo Vicente Mena Pérez tras la muerte de Leopoldo. Ambos se habían conocido en Toledo donde habían compartido horas de lecturas de Bécquer, Zorrilla y Darío y de otros autores de literatura francesa y americana. En aquellas horas de libros, bajo las murallas del palacio de Galiana, había forjado el poeta en ciernes la pasión que lo acompañaría hasta su muerte en las tierras del Rif.

Leopoldo Aguilar de Mera 1898-1921

José -nacido en 1890- era el mayor, cuatro años después había nacido Jenaro, y en octubre de 1898 Leopoldo, que tenía casi dieciséis años al ingresar. Los exámenes de ingreso los habían realizado a primeros de julio, divididos en cinco categorías: gimnasia, dibujo, gramática y francés, aritmética-álgebra y geometría-trigonometría. Toledo era, en los días de exámenes, un bullicio de jóvenes aspirantes. Pertenecieron los tres hermanos a la XXI promoción, aunque tanto José como Leopoldo se licenciaron un año después y pasaron, por tanto, a la XXII: ambas promociones serían  las más castigadas durante el Desastre de Annual y en las diferentes campañas de Marruecos. Dirigía por entonces la Academia el coronel Enrique Marzo y era jefe de estudios el teniente coronel Silverio Araujo, quien sería protagonista destacado del Desastre de Annual.
La vida en la Academia la pasaban inmersos en las clases diarias, divididas en tres grandes grupos, y en las prácticas de instrucción de tiro, maniobras, fortificación, esgrima, etc. Tres años duraba el periodo formativo tras el cual los cadetes aprobados eran designados automáticamente alféreces, pasando a cobrar un sueldo anual de 2115 pesetas. Tras dos o tres años en el empleo, eran ascendidos a tenientes, finalizando así el periodo docente y pasando a la escala activa donde algunos podrían llegar a alcanzar el generalato. Leopoldo y su hermano José pertenecen ese primer año a la décima sección formada por 34 compañeros, entre quienes, quiso el destino, estaba Julio Borondo que al igual que Leopoldo moriría en Sidi Dris. El 19 de octubre, muy poco después de su ingreso, se publicó en El Eco Toledano la primera de las muchas poesías que escribió dedicada a los emigrantes y a la patria.

José y Jenaro Aguilar de Mera

Redactor Militar

Tras su primera publicación en El Eco Toledano, se le nombra redactor militar del rotativo dirigido por Cándido Cabello Sánchez-Gabriel (1886-1938) con quien comparte una buena amistad, y quien ya en 1913 había publicado la primera crónica de Leopoldo dedicada a los exploradores de Toledo. También en El Eco vieron la luz un conjunto de reportajes de las marchas realizadas por los alumnos de la Academia. Durante los años de colaboración con Cándido Cabello, hasta incorporarse al servicio activo en 1918, fueron muchas las crónicas publicadas, entre ellas las religiosas y las dedicadas a las leyendas toledanas, dos temas muy presentes en sus escritos.
En 1915 se pudieron leer en el Diario Toledano, dirigido igualmente por Cabello, una gran cantidad de poesías, crónicas y leyendas. Entre las crónicas, destacar la que escribió ocupando toda la primera plana dedicada a la visita de los reyes con motivo de la entrega de despachos. En el mes de octubre, cuando Leopoldo tenía 17 años, Cabello editó una de sus primeras leyendas “La Peña del rey Moro”, en cuya presentación escribiría sobre el autor: “Al mismo tiempo que se forma el carácter de soldado, los murmullos del Tajo no pasan desapercibidos para su alma enamorada y ensoñadora”. Por primera vez una de sus obras se podía adquirir por 25 céntimos en las librerías de Toledo. Además, a lo largo de su estancia en la Academia de Infantería escribió para las revistas Toledo -semanal- y Castilla -revista regional ilustrada- ambas dirigidas por Santiago Camarasa. En la primera publicó entre diciembre de 1915 y agosto de 1920 un total de 18 relatos, la mayoría leyendas toledanas. En agosto de 1921, tras su muerte en el Rif, el director le dedicaría un emotivo artículo. En la segunda -Castilla- escribió Leopoldo 4 crónicas que constituían el diario de las maniobras realizadas por los alumnos de la Academia en el campamento de Ballesteros, cuyas ilustraciones corrieron a cargo del cadete Adolfo Yolif Blanco (1897-1929), compañero de promoción que fallecería en 1929 en un desgraciado accidente siendo capitán y jefe de las fuerzas indígenas en el Sahara. También firmaron crónicas en la revista los cadetes Manuel de Obeso Pardo (nº 1 de la promoción de 1915), José Domarco González y Alejandro Colmeiro Marrugat.
En 1916 verá la luz un artículo sobre otro personaje por el que siente devoción “La musa de Cervantes”; lo dedicará a otro compañero de promoción, José María Enciso Madolell, que moriría en 1938 siendo jefe de un batallón de milicias. En noviembre, recién cumplidos los dieciocho, es nombrado académico de número de la Real Asociación de escritores laureados. No es de extrañar que tal actividad literaria  hiciera resentir su nivel académico por lo que, junto a su hermano José, tuvo que repetir curso, pasando a engrosar las filas de la promoción de 1915. Fueron sus últimos escritos aquel año una poesía dedicada a los Reyes Católicos y una nueva leyenda toledana en la que colaboró con el capitán Luis Arribas Vicuña.
El año 1917 es sin duda muy satisfactorio en la trayectoria de Leopoldo; publica “El caballero del Carmen”, una de las pocas obras que todavía hoy podemos encontrar y “Un romántico contemporáneo”, en la colección Novelas con Regalo. En septiembre es nombrado académico protector de la Academia de las Buenas Letras, dirigida por Narciso Díaz de Escovar (1860-1935). Continúan sus crónicas en El Eco y en el Diario Toledano, y se acentúa su amistad con Cándido García Ortiz de Villajos, Zirto, al que dedica unos versos. Poco antes de finalizar el año, la compañía teatral toledana Pequeño Teatro lleva al escenario su obra Estos son mis poderes. En junio, su hermano Jenaro finaliza sus estudios y recibe el despacho de alférez, siendo su primer destino el regimiento de Murcia en Vigo.
Comienza 1918, año en que la vida de Leopoldo dará un vuelco: deja atrás su querido Toledo, su grupo de poetas y amigos, y se incorpora a la vida militar que lo lleva lejos del Tajo y de sus leyendas. En febrero, el Pequeño Teatro vuelve a estrenar una pieza suya: En la verde primavera, y el mismo mes realiza un viaje a Madrid junto a su amigo Cándido García. Por fin, a finales de junio finaliza sus estudios y es destinado al regimiento de La Albuera en Lérida.
El 16 de julio, publicó El Eco Toledano una entrevista con el ya alférez Leopoldo. El artículo se fraguó en la reunión que habían mantenido el día anterior en el Café Español un grupo de escritores; fue aquella una de las últimas ocasiones en las que pudo departir con tantos amigos. Días después de que Zirto, Miguel Sánchez Moreno, Alegrías y Jacinto Guerrero -célebre compositor- entrevistaran a Leopoldo en un clima de camaradería, se incorporó a su destino, y pasados tres meses solicitó voluntariamente ir a Marruecos, concediéndosele plaza en el Ceriñola 42.
Como muestra del impacto de las campañas de Marruecos en aquellas promociones de jóvenes oficiales bastan los datos de la 8ª Sección, de la cual formaban parte los Aguilar de Mera. De los 32 que finalizaron sus estudios, 7 morirían en el Desastre: García Espallargas, Gutiérrez Calderón, Medina Morris, Despujol Rocha, Arroyo Moreno y los hermanos Aguilar; y 5 fruto de acciones de guerra en el antiguo Protectorado: Alfonso Saborido, José Orduña, Enrique Brualla, Ortega Nieto y Julio Abella. La estadística general de toda la promoción indica que de un total de 247, murieron 69 en Marruecos, 29 en la Guerra Civil, y 4 en accidentes aéreos. En 1965, al cumplirse las bodas de oro, fueron menos de ochenta los que volvieron a Toledo para celebrar el aniversario y recordar a los compañeros caídos.

Jura de bandera de la promoción de 1914

Un alférez en Melilla

Cuando el 27 de noviembre de 1918 Leopoldo llega a Melilla, su regimiento -el de Ceriñola- acantonado en Cabrerizas Altas se halla a las órdenes del coronel López Ochoa. Como comandante general figura el general Aizpuru. Coincide en la plaza con su hermano Jenaro, alférez del San Fernando. En diciembre, el coronel jefe del regimiento asciende a general y se le dispensa un homenaje donde por primera vez leerá Leopoldo una alocución en nombre de todos los alféreces. Para substituir en el mando a López Ochoa es elegido José Riquelme, oficial de amplia trayectoria africanista.
Desde el primer momento, el joven oficial se integra perfectamente en la ciudad y sus instituciones; asiste a conferencias en el Círculo del Recreo de Melilla, imparte su primera charla sobre Cervantes y compone la letra del himno del Colegio del Carmen, el más importante de la ciudad. Se vive en aquellos momentos un periodo de relativa tranquilidad, las líneas españolas se extienden poco más allá del Kert y el regimiento tiene sus efectivos repartidos entre Kandussi, Batel, Zoco Telatza y Afsó.
La vida en las posiciones permite al escritor continuar con su trabajo: en junio escribe para el regimiento una composición que firmará como Un alférez; ingresa en el Ateneo Científico, Literario y de Estudios Africanistas en la sección de literatura y bellas artes, y recibe un premio de la revista Armas y letras por su relato “Señor, yo que he amado tanto”. En agosto, el Ateneo Melillense le rinde su primer homenaje y el Telegrama del Rif, que habitualmente no publica poesía, incluye en primera plana composiciones de Leopoldo. En octubre de 1919 es premiado en el certamen que organiza la Academia Bibliográfica Mariana de Lérida por uno de sus poemas más conocidos “Dos Hermanos”, donde en nueve cantos desglosa la relación entre Feliciano y Vicente. En pocos meses su fama se ha extendido por Melilla donde es sobradamente conocido a pesar de su juventud. La víspera de reyes de 1920 se estrena en el Teatro Alfonso XIII su obra Pero volvió el amor, con una importante afluencia de público. Tras un breve paso por el regimiento de San Fernando recala de nuevo en el de Ceriñola y se le destina a la 4ª Compañía del II Batallón, que presta servicio en Ifran-Buasa, cerca de Kandussi. Días después, se incorpora a la misma compañía su hermano José; los tres hermanos están en Melilla. Desde su avanzadilla, donde se halla destacada su sección, compone Leopoldo “El padre Juan” y avanza en la que será su obra póstuma, El peso de la Corona. Desde allí escribió por última vez a su querido amigo Vicente Mena: “Cuántas veces me acuerdo de ti y cómo me hieren los recuerdos al pensar en Toledo, en nuestra ciudad, más gloriosa cuanto más vieja, y en los largos paseos que dábamos, sorprendiéndonos los encantos de sus legendarios rincones”. 
La tranquilidad reina en el frente avanzado y gracias a ello en la posición se pueden entregar condecoraciones a varios soldados del regimiento que se han destacado: el capitán Juan Montemayor entrega las medallas, Leopoldo los arenga y el alférez Demetrio Fontán, cinematógrafo amateur, grabará en una película el acto. ¿Que habrá sido de aquella vieja cinta? Su dueño sobrevivió al Desastre, pero no a la Guerra Civil en la que murió siendo capitán luchando en el bando republicano.
Mientras tanto en Melilla, en febrero se ha producido el relevo en la Comandancia General: parte Aizpuru ascendido a teniente general y es nombrado Fernández Silvestre. En tan solo tres meses el general activará la campaña y todas las tropas se verán inmersas  en un frenético ritmo de conquistas.  La orden general dictada el 9 de marzo y otra posterior del 2 de mayo marcarán las líneas maestras de aquello que el general espera de sus tropas. A pesar de la constante estancia en el frente, nunca descuidó el poeta su producción literaria, su pluma y cuartillas de letra enredosa y desigual lo acompañaron siempre en el avance. En abril verá editada su segunda obra completa El loco peregrino, drama en tres actos que se incluye en la biblioteca de cultura popular, noticia de la que se hace eco en Toledo y Melilla. Hoy en día todavía es posible conseguir algún viejo ejemplar de la obra.
El regimiento al mando del coronel Riquelme participará en toda la campaña cuyos primeros compases se producen el 7 de mayo, posteriormente será la cábila de Tafersit y en diciembre se alcanza la cumbre de Monte Mauro, en Beni Said, conquista que es celebrada con un gran desfile en Melilla, en el que interviene la compañía de Leopoldo. En estos meses de vida en campaña recibe dos nuevos premios: en junio de la revista Armas y Letras, y en noviembre de la Academia Bibliográfica Mariana, y se produce su ingreso en el Ateneo Melillense Científico, Literario y de Estudios Africanistas en la sección de literatura y bellas artes. Será compañero en el mismo de dos destacados protagonistas del Desastre: el capitán Félix Arenas y el oficial médico Víctor García Martínez, ambos fallecidos en los sucesos de julio.

1921, el año de Annual   

El imparable avance de las tropas lleva el 15 de enero a conquistar el valle de Annual, creándose a partir de entonces la circunscripción del mismo nombre que quedará a cargo del regimiento de Ceriñola. La compañía de los hermanos Aguilar de Mera, tras haber participado en la mayoría de las conquistas, permanecerá durante los primeros meses del año de guarnición en Melilla. En marzo se incorporan a la comandancia los nuevos reclutas, entre ellos un joven voluntario de 19 años, Antonio Aguilar de Mera; con él ya son cuatro hermanos -circunstancia excepcional- destinados en Melilla. Antonio, nacido en 1902, ingresará tras el Desastre en la Academia de Infantería, siendo de esta manera el cuarto miembro de la familia que lo haga, pero no el último; Félix Ángel lo hará en 1925.
En febrero publica Leopoldo una serie de artículos en el Telegrama del Rif sobre el Peñón de Alhucemas, donde se adivina que durante su estancia en Melilla ha profundizado en su interés por la cultura y geografía rifeñas. En marzo es nombrado vicepresidente de la sección de literatura del Ateneo Melillense presidido por Francisco de las Cuevas; publica una de sus últimas poesías en el Telegrama del Rif, dedicada a Julio Amado, ex militar, diputado y director de la Correspondencia Militar; participa en una velada en el Club Melilla donde diserta sobre poseía popular; y el 21 de mayo,  es ascendido por antigüedad a teniente, el mismo día que su hermano José. A principios de junio se halla convaleciente por enfermedad y se le conceden unos días de permiso; será la última vez que visite su querido Toledo. En la ciudad se reúne con sus viejos amigos y deja constancia en los periódicos de la tranquilidad que se vive en el frente, prueba de que nada le hacía presagiar el funesto devenir de los acontecimientos.
Poco antes de marchar Leopoldo a Toledo, se sufre la pérdida de la posición de  Abarrán, algunas de cuyas consecuencias afectarán a los hermanos Aguilar de Mera. La compañía de ambos es enviada al campamento de Annual y se ocupan varias posiciones en el cinturón defensivo de vanguardia, entre ellas el monte Talillit, en el camino entre Annual y Sidi Dris. Para guarnecer esta posición se  designa a la 4ª Compañía del II Batallón donde están filiados ambos hermanos.
Tras regresar de Toledo se incorpora Leopoldo a su destino. Forman la compañía -que cuenta con un destacamento de artillería con 19 artilleros al mando del teniente Jesús Bans- el capitán José de la Rosa Echegaray, los hermanos Aguilar y 149 soldados. Pocos días antes de la retirada de Annual se incorporan el teniente Federico García Moreno, de la misma promoción que los hermanos Aguilar, y el capitán Benigno Ferrer Cabal, jefe de la compañía de ametralladoras de posición. El destacamento, ocupado el 3 de junio, se alza sobre un cerro desde donde se divisan Buymeyan y Sidi Dris. La posición es tan solo un muro de piedra en forma rectangular, rodeado de alambrada de doble piquete y rematado con sacos, en cuyo interior se hallan las piezas de artillería y las tiendas cónicas que albergan a la guarnición. Como ocurre en la mayoría de destacamentos, no disponen de agua ni depósito, y la aguada se halla a una distancia de tres kilómetros. En cuanto a los víveres y la munición dependen del campamento de Annual desde donde se envía convoy cada tres días. Como medida de seguridad, se ocupa un montículo próximo donde se sitúa una avanzadilla defendida por un oficial y cuarenta soldados, así como la tienda desde donde los ingenieros mantienen contacto con Annual.

Tallilit y avanzadilla (colina de la izquierda). Fotografía de Santiago Domínguez Llosá

La retirada

Finaliza el invierno de 1921 con la conquista el 15 de marzo de Sidi Dris, en la que no toma parte  la compañía de Leopoldo. El día anterior, “el recio poeta de ágil inteligencia y alma soñadora” -así se refería a él El Telegrama del Rif- había recitado poemas en una velada en honor de Driss Ben Said. En mayo, el Memorial de Infantería, que ya en 1915 y 1918 había publicado sendos relatos, publica “La Ley de las Guerras”, su última colaboración. Ese mismo mes participa, junto al poeta José Ojeda, en un recital de poesías de Antonio Machado.
A finales del mes de junio, su hermano Jenaro causa baja en el regimiento de San Fernando y es destinado a la Península, pero aún quedan tres hermanos en Melilla. A esta época pertenecen los últimos escritos de Leopoldo publicados en vida: cinco crónicas de la serie dedicada al campo de Alhucemas, y un interesante artículo sobre la cábila de Beni Urriagel, del 12 de junio. Un mes después El Telegrama del Rif le cita por última vez antes de su muerte, el 12 de julio el gobierno chileno le concede la Medalla de Honor por un relato dedicado al cuarto centenario del descubrimiento del estrecho de Magallanes.
Los días 17 al 21 de julio, tras los intentos baldíos de socorrer Igueriben, queda sellada la suerte de Annual; al menos así lo entiende el general Fernández Silvestre que la mañana del 22 ordena el repliegue y dispone que la posición de Talilit debe replegarse a Sidi Dris, resistir y esperar. Al emitir la orden, el general es consciente de que las posiciones enclavadas en la costa -Afrau y Sidi Dris- quedan sin posibilidad de ser socorridas por tierra, contando solo con el apoyo de la Armada de Guerra que será la encargada de intentar la evacuación de los defensores.

Capitán Benigno Ferrer y Teniente Jesús Bans

Aquella mañana en Talilit, el capitán Benigno Ferrer recibe el telegrama de evacuación a las 11.00 horas. Tras las últimas incorporaciones -2 oficiales y una sección de ametralladoras- son 187 los presentes en la posición y en su avanzadilla donde se halla la tienda de telegrafía desde la que comunican con Annual. El primero en recibir la orden es, por tanto, el teniente José Aguilar, quien informa rápidamente al capitán Ferrer. En la compañía de Ceriñola falta el capitán; se halla en Melilla, motivo por el cual será juzgado en consejo de guerra en abril de 1923 y posteriormente apartado del ejército. Ferrer pone en marcha los preparativos para abandonar el reducto y ordena formar a la tropa: en vanguardia, una parte de la compañía junto al capitán y al teniente García Moreno; seguidamente la sección de Leopoldo y artilleros -inutilizadas previamente las piezas de artillería; y finalmente, una vez hayan salido todas las tropas, se ha de incorporar la sección destacada en la avanzada. Sin embargo, los planes del capitán no se ejecutan como estaba previsto y la evacuación -tal y como afirmarían todos los supervivientes- se torna caótica al poco de partir: las tropas se desmandan ante la presión rifeña, y la columna se divide sin que puedan incorporarse los de la avanzadilla que quedan solos en la retaguardia. Todo lo que estorba se abandona en el camino: material, heridos y por supuesto muertos. Así lo testificarán los pocos supervivientes de las evacuaciones de Talilit y Sidi Dris, desastroso y confirma que son tres los oficiales que se incorporan junto a la tropa. La mayoría de los testigos afirmaría posteriormente que el teniente García Moreno falleció aquel mismo día en el interior de la posición.

Plano de las posiciones de primera línea y retirada a Sidi Dris
Entre los artilleros la mortalidad es muy alta: caen el teniente Bans y la mayoría de sus soldados. Los de la avanzada siguen pareja suerte: mueren el teniente José Aguilar y muchos de sus hombres, siendo la mayoría de supervivientes apresados antes de llegar a Sidi Dris. Son testigos de la muerte de José Aguilar el cabo Emilio San Martín y el soldado Pedro Muñoz Andújar, ambos capturados por los rifeños. El soldado Muñoz verá días después su cadáver, pero no consta que le diera tierra. Es altamente improbable que Leopoldo viera morir a su hermano ya que este último marchaba muy atrasado en la columna. Los que van por delante llegan al cauce del Uad el Kebir exhaustos y rendidos; entre ellos está el teniente García Moreno en tal mal estado que algunos incluso llegan a decir que ha muerto. Al llegar a Sidi Dris se pasa lista: faltan todos los artilleros, y solo están 3 de los 41 de la avanzada; Manuel Echevarría, Eugenio González y Francisco Pin, los encargados de comunicar a Leopoldo la trágica suerte que ha corrido su querido hermano José. En Sidi Dris, atónitos ante la llegada de los hombres del capitán Ferrer, sale la sección de policía indígena a protegerles cubriendo los últimos metros. El comandante Velázquez, jefe de la posición, ordena atender a los poco más de 60 que llegan. Los demás han sido muertos o apresados. Poco después se da parte a la comandancia general de la incorporación de la guarnición de Talilit: Velázquez telegrafía que han llegado en un estado desastroso y confirma que son tres los oficiales que se incorporan junto a la tropa. La mayoría de los testigos afirmaría posteriormente que el teniente García Moreno falleció aquel mismo día en el interior de la posición.

Muerte en el acantilado

En Sidi Dris, al mando del comandante Juan Velázquez, hay una importante guarnición: 1 jefe, 9 oficiales y 274 soldados, a la que se unen los supervivientes de Talilit. Por tanto, podemos afirmar que hay más de 300 hombres que, aislados, intentan defender el emplazamiento. Para auxiliarles son enviados el crucero Princesa de Asturias y los cañoneros Laya y Lauria, única ayuda que van a tener. La mañana del 23, tras veinticuatro horas de navegación, fondea el Princesa, encontrándose allí con el Laya y un pequeño vapor que lleva material a la posición. En la reunión entre los capitanes de ambas embarcaciones, Eliseo Sanchís y Francisco Javier de Salas, se constatan desde el primer momento las dificultades para evacuar con garantías a los hombres de Velázquez. El destacamento situado sobre una escarpada elevación no tiene otra vía de escape que superar la pronunciada pendiente que los separa de la playa. Durante el día, los buques disparan repetidamente sobre los objetivos marcados por los defensores. El 23 aún disponen de agua, víveres y municiones, pero están rodeados y sin posibilidad de realizar salidas para hacer acopio de lo que necesiten. De noche pasa por la zona el cañonero Bonifaz que lleva a bordo al Alto Comisario; el capitán de navío Sanchís comunica con Berenguer y le reitera las predicciones sobre una futura evacuación: puede ser dificilísima y desastrosa. El general contesta que no se les comunique nada a los hombres de Velázquez hasta que la posición manifieste no poder resistir más.

Juan Velázquez Gil de Arana (Orla 1897) y vista actual de Sidi Dris
Durante el día 24 se repite continuamente el apoyo artillero de los buques sobre la costa, pero el comandante Velázquez comunica que la situación es crítica y es apremiante preparar la evacuación. Desde el Princesa solicitan permiso a Berenguer y, autorizada la operación, determinan evacuar Sidi Dris, y después Afrau. Calculan erróneamente que la guarnición se compone de 150 a 200 hombres. Por la tarde se une el cañonero Lauria procedente de Afrau; los tres comandantes se reúnen para decidir el plan. Ya por entonces el jefe de la posición les ha transmitido que el número de hombres excede de 300, lo que aumenta las dificultades. Finalmente se precisa la operación: a las 11.00 los tres buques iniciarán el fuego de apoyo; seguidamente, tras una hora de bombardeo, sonarán las sirenas de los barcos debiéndose afrontar entonces la salida. Los buques designan a los marineros y patronos que conducirán los botes y lanchas lo más cerca posible de la orilla.
En la posición todos los hombres están en el parapeto y con ellos los oficiales. Leopoldo manda una sección destacada frente al mar. El día 24 de julio la situación es prácticamente insoportable ya que una gran cantidad de rifeños cerca el destacamento. Los pocos supervivientes de la compañía de Leopoldo recordarían que este permanecía continuamente en el parapeto animando a sus hombres con buen espíritu. Por la tarde crece el fuego, aumenta el contingente de enemigos y escasean las municiones de cañón y fusil. Los heridos son atendidos por el teniente médico Luis Hermida, pero la moral de las tropas pende de un hilo, todos saben lo difícil que será escapar de aquel cerro de tierra roja.

 En primer término los restos de la posición, observese  la distancia que debieron cubrir hasta llegar al mar
A las cuatro de la madrugada se inicia la actividad: los hombres de Velázquez esparcen paja sobre el material y todo cuanto pueda caer en manos del enemigo y lo rocían con petróleo. Todo está dispuesto para la tentativa de alcanzar la flotilla anclada ante la vista de los defensores. A pesar de que se acuerda esperar hasta que finalice el fuego de protección, el primer intento de evasión se produce antes de la hora pactada. Los defensores del sector frente al mar son los primeros en saltar el parapeto y, a la carrera, intentan acercarse a la orilla. Son mayoritariamente hombres de Ceriñola, pero también la sección de policía indígena, askaris que al mando de Gómez Maristany han permanecido fieles y se han entregado como los demás. Advertidos de ello, los buques inician a toda prisa la maniobra de aproximación; todos los marineros que forman las diferentes tripulaciones se han presentado voluntarios. La expedición del Princesa la forman una lancha, el bote automóvil, dos botes y 43 marineros al mando del alférez de navío Faustino Ruiz González. El cañonero Laya envía el bote automóvil, otros dos botes, y 17 hombres al mando del alférez de navío José María Lazaga Ruiz-Fortuny. La gran mayoría de hombres que han saltado el parapeto son alcanzados mientras descienden o cuando llegan a la orilla, muy pocos son capaces de subir a las barcas. Queda claro por los testimonios que ni Leopoldo ni el resto de oficiales han participado en este precipitado intento de salvación. A pesar de que el fuego enemigo arrecia sobre los botes causándoles bajas, se aproximan cuanto pueden, llevándose la peor parte los hombres del Laya: el alférez Lazaga recibe varios impactos de bala -la autopsia revelaría siete- y es trasladado, gravísimo, a Melilla donde moriría dos días después; y 6 marineros resultan heridos, entre ellos Matías Fernández que fallecería en el hospital tras ser evacuado. Del Princesa resultan otros 3 marineros heridos. La evacuación ha fracasado, a bordo de las lanchas tan solo han podido acogerse 20 hombres. Desde la posición, el comandante Velázquez comprende que su suerte está echada, y ordena suspender nuevos intentos. A partir de ese momento los navíos de guerra tan solo pueden colaborar disparando sobre los flancos de la posición que resiste sus últimas horas. A las 16.00 horas comunican que se están muriendo, no pueden más, y hora y media más tarde emiten el último mensaje: “No nos dejéis morir”. Poco después el Princesa recibe un telegrama de Berenguer, quien con harto dolor -dice- se ve imposibilitado de enviarles refuerzos y les autoriza a parlamentar. Ignoro si en Sidi Dris llegaron a recibir dicha comunicación o si para entonces ya habían sido asaltados, pero poco después, no se escucharon disparos…
Los pocos supervivientes son apresados. El soldado Albino Álvarez Fernández, de Ceriñola, ve el cuerpo inerte de Leopoldo entre la alambrada y el parapeto, junto al capitán Benigno Ferrer. El resto de oficiales seguirán idéntica suerte: el comandante Juan Velázquez Gil Arana, capitán Sebastián Moreno Zumel, tenientes Ramón González Robes, Julio Borondo Sánchez, Federico García Moreno, José Quintero Ramos-Izquierdo, Juan Fontán Lobé, Antonio Gómez Maristany, Antonio Rojo Peral, Luis Hermida Pérez y Felipe Acuña Díaz-Trechuelo, quien había perdido también un hermano, capitán de Ceriñola. Junto a ellos muere la mayoría de hombres. Entre prisioneros y salvados por los buques de guerra no pasan de 60, cuando eran más de 300... Los rifeños asaltan la posición y de noche disparan sobre los buques con los cañones del teniente Fontán, abriéndose fuego desde el Princesa sobre los restos del emplazamiento. Esa misma noche parten todas las embarcaciones hacia Afrau, donde, por suerte, la evacuación se puede llevar a cabo, salvándose la mayoría de hombres.

Tenientes José Quintero, Federico García Moreno, Ramón González Robles
y Julio Borondo Sánchez. Todos, fallecidos en Sidi Dris
Tras la debacle de julio, muchas madres y padres desesperados llegaron a Melilla intentando saber algo de sus hijos, puesto que en aquel momento no existía certeza oficial de la muerte de muchos de ellos. Durante aquellos días emergió el término desaparecido, que se extendió como un reguero de pólvora por la Península inundando de dolor los hogares de miles de familias que ya nunca más supieron de sus hijos, hermanos, maridos o padres. Entre aquellas madres se hallaba Amparo de Mera Martínez, cuyo único consuelo fue saber que los cuerpos de sus hijos habían sido identificados y enterrados.

El amigo Driss Ben Said

Durante su estancia en Melilla, Leopoldo -franco y de carácter afable- se relacionó con mucha gente. Sería relevante el aprecio que tuvo por el hijo de un notable rifeño, Driss Ben Said. El joven había recibido una esmerada educación en Fez -coincidió con Abd el Krim- y posteriormente en Europa donde aprendió a dominar varios idiomas. Enemistado con el Raisuni, fue encarcelado en el penal de Chafarinas por dos años, confinamiento en el que inició la traducción de El Quijote al árabe. Tras ser liberado, el general Berenguer lo protegió y le ofreció un puesto en la Secretaría Indígena de la Alta Comisaría. Poco después de ser destinado a Melilla, Leopoldo conoció a Driss, con quien desde entonces compartió su pasión por la literatura y una entrañable amistad.
El 22 de julio, Driss se hallaba en Alhucemas negociando con Abd el Krim la explotación de los yacimientos mineros de Beni Urriagel. De allí se trasladó inmediatamente a Melilla para ayudar a los prisioneros españoles ofreciéndose a Berenguer para intermediar con el Jatabi. Fue él quien consiguió rescatar el cuerpo del coronel Morales que se trasladaría posteriormente a Melilla, quien dio tierra al comandante Juan Pedro Hernández -secretario de Silvestre- y quien ayudó a repatriar varios grupos de mujeres y niños junto a soldados heridos, entre ellos el sargento Miguel Mariscal de la compañía de Leopoldo. Consiguió también que Abd el Krim admitiera su propuesta de concentrar a los prisioneros españoles en Axdir, Annual y Sidi Dris. En este último lugar localizó el cuerpo de su querido amigo Leopoldo, a quien halló junto a la alambrada, tal como habían afirmado los testigos. Los prisioneros españoles enterraron en una fosa común a los defensores de Sidi Dris, con las únicas excepciones de Leopoldo, cuyo enterramiento quedó señalado, el teniente médico Luis Hermida y el también teniente Federico García Moreno. Posteriormente se desplazó hasta Talilit, donde sabía que estaba destinado su hermano José, para buscar sus restos. Los cuerpos de los dos hermanos Aguilar de Mera fueron localizados e inhumados.
En junio de 1923, Driss Ben Said murió en las inmediaciones de Tafersit mientras ayudaba a las columnas españolas en su avance. El fallecimiento del joven Driss, de edad similar a la de Leopoldo -se estima que había nacido entre 1890 y 1898-, fue muy sentido; fue enterrado en Melilla con todos los honores y con asistencia de todas las autoridades españolas.
Poco antes de cumplirse un año de su muerte, se rinde a Leopoldo un primer homenaje en Melilla, una velada necrológica organizada por el periodista y amigo Emilio Somoza Méndez, hermano del capellán de Ceriñola. Durante la misma, leyó un discurso el famoso padre Emiliano Revilla (Eloy Gallego Escribano 1880-1936), capellán del Tercio y acompañante habitual de las tropas durante la campaña posterior al Desastre. En el Ateneo del que Leopoldo formaba parte, trabajaban desde poco después de su muerte en recopilar los ejemplares dispersos de la obra póstuma “El peso de la corona”. De ello se encargó otro amigo fraternal del poeta,  Emilio Sánchez Ferrer, director de Melilla Nueva, farmacéutico y destacado miembro del Ateneo. De prologar la obra, que vería la luz a finales de 1922, se hizo cargo el periodista y reportero de guerra Tomás Borras (1891-1976).

Registro del cementerio de Melilla. Leopoldo Aguilar de Mera
A pesar de que poco después de perderse el territorio se inició la campaña de reconquista, no sería hasta mayo de 1926 cuando la columna del coronel Pozas reconquistara Annual; cinco años después de su caída los soldados españoles pisan de nuevo las posiciones de la circunscripción, entre ellas Sidi Dris. En 1926, entre los muchos batallones expedicionarios repartidos por el territorio de Melilla, se hallaba el del regimiento de Sevilla, uno de cuyos oficiales era Antonio Aguilar de Mera. Enterado de la reciente conquista se le autoriza a ir a Sidi Dris, donde el 28 de junio, gracias a confidencias de lugareños, encuentra los restos de Leopoldo, y los de José en las inmediaciones de Talilit, y con ellos regresa a Melilla. El primero de julio los hermanos Aguilar de Mera fueron enterrados en el Panteón de Héroes ante la asistencia, por parte de la familia, de Antonio, Eugenia Aguilar y el marido de esta, ingeniero de minas Dionisio Recondo. Además, en el cementerio había numerosas autoridades no solo del ámbito militar sino también del resto de la sociedad civil de Melilla. Varias fueron las sagas de hermanos que murieron en el Desastre de Annual, pero en ningún caso se pudieron recuperar los restos de dos hermanos, salvo en el de los Aguilar de Mera. Días después, el 11 de julio, se celebró en el Ateneo de Melilla -institución presidida por Mariano del Pozo, antiguo comandante de ingenieros en 1921- otra velada necrológica en honor de Leopoldo. En el discurso se recordaron con tristeza y admiración la figura del joven poeta y la de su fiel amigo Driss, gracias al cual se pudo dar sepultura a ambos hermanos. Peor suerte corrieron los restos de los demás defensores de Sidi Dris; en 1925 la Marina de Guerra francesa realizó maniobras (preparatorias del desembarco de Alhucemas) en el litoral marroquí disparando sobre la antigua ubicación de la posición. Algunos de los obuses alcanzaron la fosa común, sobre el acantilado, dispersando cientos de pequeños fragmentos óseos por la planicie rojiza. Aún en el 2012 cuando visité aquel lugar, vi junto a mis compañeros restos esparcidos de aquellos jóvenes, que en silencio nos afanamos en recoger y enterrar con el mayor respeto.

Epílogo

Tras su caída en combate fueron muchos los periódicos que anunciaron la muerte del teniente poeta. Antes de que fuesen recuperados sus restos, hubo muchas muestras de admiración desde su querida ciudad de Toledo hasta Melilla, donde pasó sus últimos años de vida. Especialmente sentida fue la carta de Vicente Mena Pérez, amigo de la infancia de Leopoldo, publicada en El Castellano el 20 de agosto de 1921. En noviembre de 1922 se leyó en Melilla la que fue su obra póstuma “El peso de la corona”, y en  diciembre, el Ateneo rindió homenaje a sus tres integrantes muertos en el Desastre: Leopoldo Aguilar y los capitanes Félix Arenas y Víctor García Martínez, a quienes la Junta de Arbitrios dedicó sendas calles, cuyos nombres conservan en la actualidad. En aquella conmemoración recordó a Leopoldo el ateneísta y periodista melillense Nicolás Pérez Muñoz-Sarasola y de la lectura de poesías de Leopoldo se encargó Carlos Marina Malat, quien sería más adelante director artístico del Ateneo. En fecha reciente -2014- el escritor toledano Juan Carlos Pantoja Rivero reunió una colección de leyendas de su tierra, entre las que había unas cuantas escritas por Leopoldo para la revista Toledo. Varias son también las páginas web donde podemos leer algunas de estas leyendas, como “Leyendas de Toledo” y “Misterios de Toledo”.
Jenaro Aguilar, el tercer hermano de la promoción del 14, falleció en 1937 siendo capitán en la batalla de Mazucu, en la sierra de Peñas Blancas. A título póstumo se le concedió la medalla militar individual. No fue el único hermano fallecido durante la guerra, en enero de 1937 Fernando Aguilar fue detenido por milicias republicanas sin que nunca más se supiera de su paradero. La madre de todos ellos, Amparo de Mera, murió poco antes del final de la guerra en Cabezarrubias del Puerto (en la actualidad una calle del pueblo lleva su nombre), habiendo perdido cuatro hijos en dos conflictos armados. De ella partió en 1922 la iniciativa de solicitar la Cruz Laureada para Leopoldo, pero el juicio le resultó desfavorable por no encontrar indicios de que fuera merecedor de tal condecoración. Antonio, quien había recogido y enterrado los restos de sus hermanos, continuó su carrera militar, falleciendo en marzo de 1986 siendo teniente coronel. Antonio había escrito años antes la letra de una de las composiciones del maestro Solano.
Recientemente, poco antes de que diera por finalizado este artículo, he recibido “El Caballero del Carmen” y he pensado: qué mejor homenaje para Leopoldo que sumergirme en la lectura y terminarlo con sus palabras escritas en las aventuras de Felipe de Arlabán:

“El más apuesto aventurero que golpeara a los cicateruelos de Zocodover. De su espada, temida hasta de los malandrines nocherniegos, decíase que fue por el diablo templada en la ribera del Tajo y que sabía cual ninguna otra buscar el recto camino del enemigo corazón.”

Panteón de héroes, Melilla
Bibliografía

http://desastredeannual.blogspot.com.es/p/bibliografia-cronologica-de-leopoldo.html

1 comentario:

  1. Magnífica entrada, como es habitual, pero en esta queda clara constatación de aquello de que nunca la pluma embotó la espada.
    ¡Qué gran labor la de este blog!
    Enhorabuena.

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